Rigoletto, opera en tres actos (1851)
Música: Giuseppe Verdi (1813-1901)
Libreto: Fracesco María Piave (1810-1876)
Basada en la obra Le roi ´s amuse,
de Víctor Hugo (1802-1885)
Elenco:
Rigoletto, Fernando Grassi, barítono; Gilda,
María Lucía González, soprano; Duca: Nazaret Aufe, tenor; Sparafucile, Cristian
de Marco, bajo; Maddalena, Eugenia Fuente, mezzosoprano; Monterone, Víctor
Chavez, bajo; Giovanna, Lucía Alonso,
soprano; Borsa, Hernán Quinteros, tenor; Ceprano, Santiago Tabliabue, bajo; Marullo,
Santiago Barcala, barítono; Condesa Ceprano, Lucía Alonso, mezzosoprano; Paje,
Sol Sánchez Polverini, mezzosoprano.
Coro de Juventus Lyrica, preparador, Pablo Manzanelli
Dirección Musical: André Dos Santos
Orquesta de Juventus Lyrica
Preparación musical: Susana Cardonnet
Dirección actoral y puesta en escena: María Jaunarena
Diseño de maquillaje y peinado: Silvana Caruso
Vestuario: María Jaunarena
Escenografía e iluminación, Gonzalo Córdoba
Teatro Avenida, 23 de octubre, hora 20
La “tinta musical”, así
era definido en la miniserie La vida de
Verdi (1982) de Renato Castellani, el talento verdiano de ir a lo medular
en la música y el canto y llevarlos al límite más alto de sus posibilidades.
Hemos de apropiarnos de
la frase y trasladarla al puro drama escénico, hecho de concisión, intensidad y
máximo aprovechamiento de los recursos a utilizar para llevar a cabo las
alternativas del desarrollo del drama una vez que éste se desencadena a partir
de la maldición de Ceprano, que pone en marcha un mecanismo digno de Sófocles.
No hay duda del papel de Piave en este logro.
En este pasaje sin
concesiones, indetenible y rápido, cada elemento debe ser brillante y a la vez
funcional y marchar como un mecanismo, aceitado y sin fisuras.
La tinta musical
El drama es anunciado ya desde el propio
preludio, que comienza con un motivo repetitivo en los vientos y timbales, con
terceras descendentes en el tercer compás y
desarrolla un motivo con mayor densidad armónica ya a poco de comenzar.
Desde el barroco, las terceras descendentes son símbolo de muerte y de dolor.
La música trabajará con las diferentes
intensidades dinámicas que acumulan una tensión que se desencadena en un acorde
resolutivo, solo para volver a comenzar el ciclo, una vez y otra.
Esto contrastará violentamente con el comienzo
de la acción, con un minuetto que, acertadamente, María Jaunarena vincula
al de la fiesta en casa de Don Giovanni, en la ópera de Mozart.
El código verdiano se vale de pasajes
ascendentes de notas acentuadas en los momentos dramáticos, como la maldición,
de pasajes de semicorcheas y tríadas en los violines, pero según la situación
dramática, un breve cambio en la altura disipa la tensión y conduce a otra
cosa. Todo es rápido y sin solución de continuidad.
La música tiene una función eminentemente
narrativa, además de connotativa de los climas. La orquesta trabajó siempre en
esta discursividad muy precisa, con indicaciones del director a los cantantes
en todo momento. Nunca dejó de trabajarse dentro del concepto de una unidad de
música, voces y movimientos, máxime en una ópera en la cual cada parte es por
demás bella y conocida.
Todos los momentos fueron acabadamente
logrados, un ejemplo el de la tempestad, que comienza a gestarse con un pasaje
de flauta en uno de los momentos más tensos y, al compás siguiente, es
mencionada por Sparafucile, y sugerida por un pasaje grave de las cuerdas. El
coro a boca cerrada la acentúa pero a la vez connota el drama de lo que
sucederá. Lo que subraya no es solo un evento climático sino algo mucho más
oscuro.
Son rápidos los cambios, de sentido, de climas,
y por consiguiente las fluctuaciones dinámicas y los acentos. La música fluye,
cambia, plantea, resuelve en pasajes a veces abruptos en una orquesta que
funcionó con total precisión.
Canto
y voces
Fernando Grassi, compuso su papel de Rigoletto,
así como María Lucía González el de Gilda, de una manera tan poderosa que el
dramatismo que suscitaron fue más elocuente que la propia convención que es la
ópera.
Lograron momentos profundamente conmovedores en
una actuación vocal de intensidad y musicalidad. Rigoletto maldice a los
cortesanos y luego les ruega, en un cambio repentino y desesperado.
Nazareth Aufe encarnó al Duca, para quien los
excesos, la adulación y la violencia hacia los demás son lo natural de su
posición dominante, con un canto de amplia musicalidad y una emisión más cómoda
en el registro medio que en el agudo y su proyección en los momentos de mayor
exigencia en volumen y proyección.
Christan de Marco fue un siniestro Sparafucile,
con timbre profundo, de gran sonoridad y protección.
Víctor Chavez fue Monterone, con una voz
admonitoria, grave y profunda y una presencia escénica poderosa. María
Jaunarena traza un paralelismo entre este personaje y el de Il commendatore, en Don Giovanni, en un caso es quien desencadena el drama y en otro el
instrumento de la venganza
Todas las arias, duetos y coros de Rigoletto
son de antología, como por ejemplo el famoso cuarteto del final Un di, se ben rammentomi (que era la
cortina final de la miniserie La vida de
Verdi) en el que Eugenia Fuente, la talentosa mezzosoprano pudo lucir la
potencia y musicalidad de su canto. Dos planos en un mismo espacio, con dos
líneas de cantos con significados totalmente diferentes y un camino sin salida
para Gilda. La fuerza proviene del sentido tanto como de la propia belleza de
un canto en estos planos de oposición.
Igualmente lograda due la actuación del coro,
homogéneo y a la vez audible en cada voz, en pasajes tan bellos como zitti zitti mouviamo vendetta.
La
puesta
La concepción escénica tuvo como eje principal
la existencia de dos mundos superpuestos, el del poder sin conmiseración y el
de los dominados, que lo son también sin conmiseración. El placer absoluto a
costa del cometimiento y el drama en estado puro.
En el primer aspecto, el desenfreno –basado en
la dominación- no reconoce límite alguno y si la profecía funciona es por la
cuestión moral, pero fallará y recaerá sobre quienes son víctimas. El Duca
seguirá entonando su canto y engañando una y otra vez porque el poder nunca
muere.
El puro drama, requiere de los movimientos de
la máquina teatral, pues consiste en acciones. De este modo, una estructura
móvil es a la vez el espacio de una casa y aquel otro en el que acechan los
perseguidores o bien, una simple pared divide el exterior de la posada, donde
se encuentran Rigoletto y Gilda, del interior, donde conspiran Sparafucile y
Maddalena.
La prerrogativa del Duca es pasar de uno a otro
mundo como algo sobre lo cual tiene el completo dominio. La profecía no lo
alcanzará.
El vestuario –así como la iluminación- es un
elemento nodal en la caracterización de los personajes y de las situaciones y es
dable señalar el cuidado puesto en él.
Rigoletto es una ópera exigente desde lo musical
y lo escénico para que pueda lucir en todo su esplendor la originalidad y el
logro de su genial concepción.
Eduardo Balestena


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