jueves, 2 de abril de 2026

El Requiem de Mozart en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima


 


.Coral Carmina, directora: maestra Georgina Espósito

.Solistas: María José Dulín, soprano; Fernanda Pérez, contralto; Hugo Ponce, tenor; Fernando Santiago, barítono.

.Ensamble instrumental: Horacio Soria, órgano; Aron Kemelmajer; violín segundo, Florencia Ordoñez; viola, Dana Maldonado; violoncello, Priscila González; contrabajo, Jorge Vajsetl; clarinetes, Luciana Savoy y Sebastián Flores; trompeta, Ibrahim López; trombones, Emilio Bazán y Manuel Vicente; timbales, Juan Pablo Santiago. 

.Parroquia Nuestra Señora de Fátima, Mar del Plata, 1ro. de abril,  hora 20,30.

 

            El Coral Carmina y un ensamble musical ad hoc abordaron el Requiem K.626, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) obra que iba a ser interpretada en la misma sede el 6 de septiembre de 2025 con la Orquesta Sinfónica Municipal, concierto cancelado luego del ensayo general y posteriormente no reprogramado por la dirección del organismo sinfónico, lo cual es de lamentar dado el grado de preparación al que se había llegado en el trabajo sobre dicho opus por parte tanto del coro como de los solistas y la orquesta.

            No sin un gran esfuerzo de los coreutas y la Asociación Amigos del Coral Carmina fue interpretado en esta oportunidad, con veinte voces de refuerzo sobre la formación habitual.

 

            La obra

            El Requiem comenzó a ser compuesto por Mozart por un encargo del conde Walsegg en julio de 1791; a la muerte del compositor, a los fines de cobrar el saldo restante del precio del encargo su viuda Kontanze Weber, encomendó la tarea de completar la obra a Josef Leopold Eybler, quien había asistido a Mozart hasta su muerte, discípulo que al no sentirse capaz de estar a la altura de su maestro declinó el pedido y fue Franz Xaver Süssmayer, quien completaría el Requiem para reclamar luego para sí la autoría completa.

            El opus consta de seis partes: Introitus; Kyrie; Sequentia, que tiene como episodios Dies Irae, Tuba Mirum, Rex Tremendae, Recordare, Confutatis y Lacrimosa;  Offertorium, cuyos episodios son Domine Jesu y Hostias; Sanctus, Benedictus y Agnus Dei.   

            El autógrafo de Mozart termina en el episodio Hostias. En algunas de las partes hay un desarrollo completo de las intervenciones vocales y esquemas instrumentales, en otros, simples esbozos. De allí lo irregular de una creación que –no obstante haber seguido Sussmayer los lineamientos del compositor- de haber sido escrita íntegramente por Mozart hubiera sido más flexible, menos repetitiva, así como tenido desarrollos y un final diferentes.

 

Dramatis personae 

            El Requiem es de gran dificultad para las voces por las inflexiones y variaciones dinámicas: el Introitus (Requiem aeternam dona eis Domine) da una sensación de marcha indeclinable, con esos pasajes descendentes de la cuerda (motivo del pianto en la semiótica musical) donde los tres trombones del orgánico original duplican las partes corales de contralto, tenor y bajo). Sin embargo, muy poco después, en el Kyrie eleison el coro enfrenta un complejo pasaje en fugato, muy intenso en el volumen y marcado por la masa de cuerda y los timbales. El episodio termina con un intenso acorde donde es posible distinguir los registros de las distintas voces y a la vez la totalidad. Le sigue el Dies Irae casi inmediatamente, cuya composición para las voces es íntegramente la de Mozart, Sussmayer completó la instrumentación, que plantea idéntico desafío en la rapidez de los pasajes –las inflexiones son breves, intensas y delimitadas claramente unas de otras- .

            En el Rex tremendae fue posible apreciar el problema de la intensidad e individualidad del sonido de la cuerda después de las intervenciones del ensamble en su conjunto; luego de pasajes rápidos y descendentes hay un apreciable cambio rítmico en lo que puede ser además una modulación: la cuerda se hace suave es, por así decirlo, un delicado sostén de las voces. En este lugar, la cuerda del ensamble sonó tensa y cortante, lo que contrasta con la delicadeza de las voces (sálvame fond pietatis) y se superpuso con su filo, a la línea vocal. Un par de micrófonos situados sobre la cuerda hizo pensar que ésta estaba siendo amplificada; de haber sido así surge claramente que el recurso no es idóneo para suplir la necesaria mayor densidad sonora de la cuerda ni la función en el todo del material proveniente de dichos instrumentos; también podría explicar la falta de homogeneidad con el resto del ensamble.

            El nivel musical de los intérpretes no es suficiente para suplir carencias estructurales.

            En efecto, el orgánico del Requiem demanda dos cornos de bassetto (rol que hoy cumplen los clarinetes), dos fagotes, trombón alto, tenor y bajo, quinteto de arcos y voces y órgano. En esta textura, los trombones doblan a las voces de contralto, tenor y bajo (trombone colla parte es la expresa indicación de Mozart).

La línea instrumental acompaña, provee un sostén armónico a las voces y alterna con ellas, con lo cual el desbalance puede ser significativo incluso considerando  la  poco numerosa plantilla de la orquesta de entonces.

Las voces solistas cumplieron acabadamente las exigencias de la línea de canto mozartiana, que demanda delicadeza, musicalidad y ductilidad. Un ejemplo es el cuarteto solista en la parte del Benedictus. Cada una aportó una cualidad diferente en su cuerda.

El coro fue absolutamente homogéneo en todo momento, ya sea en la intensidad de intervenciones de mucho volumen, como el extenso comienzo con las primeras partes y los primeros episodios de la Sequentia como en los continuos cambios dinámicos, todos parejos y de una superficie sonora brillante, sin fisuras ni altibajos. Ello habla a las claras de un continuo trabajo preparatorio del cual cada concierto es  una culminación.

 

Coda

Asistimos a una versión del Requiem de gran calidad vocal, sometida a insalvables limitaciones sin las cuales no hubiéramos podido acceder a ella, por parte de un ensamble de excelentes y experimentados músicos.

En un punto de vista enteramente personal, considero que el agradecimiento al secretario de cultura (y turismo) en la extensa presentación previa al concierto, no se ajusta a la realidad que se vive en el ámbito musical ni educativo (la prueba es la situación de los organismos artísticos y de las bibliotecas, por ejemplo).

Si la autoridad a la que se dirigió el agradecimiento estuviera al nivel de la función que debería cumplir viviríamos una realidad muy diferente en la cual cada artista sería valorado y respetado por su persona y por todo aquello que es capaz de hacer y a lo cual ha dedicado su vida.

           

 

 

Eduardo Balestena

  

 

           

           

           

 

           

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