.Coral Carmina, directora: maestra
Georgina Espósito
.Solistas: María José Dulín, soprano;
Fernanda Pérez, contralto; Hugo Ponce, tenor; Fernando Santiago, barítono.
.Ensamble instrumental: Horacio Soria,
órgano; Aron Kemelmajer; violín segundo, Florencia Ordoñez; viola, Dana
Maldonado; violoncello, Priscila González; contrabajo, Jorge Vajsetl;
clarinetes, Luciana Savoy y Sebastián Flores; trompeta, Ibrahim López;
trombones, Emilio Bazán y Manuel Vicente; timbales, Juan Pablo Santiago.
.Parroquia Nuestra Señora de Fátima,
Mar del Plata, 1ro. de abril, hora 20,30.
El Coral
Carmina y un ensamble musical ad hoc
abordaron el Requiem K.626, de Wolfgang
Amadeus Mozart (1756-1791) obra que iba a ser interpretada en la misma sede
el 6 de septiembre de 2025 con la Orquesta Sinfónica Municipal, concierto
cancelado luego del ensayo general y posteriormente no reprogramado por la
dirección del organismo sinfónico, lo cual es de lamentar dado el grado de
preparación al que se había llegado en el trabajo sobre dicho opus por parte
tanto del coro como de los solistas y la orquesta.
No sin
un gran esfuerzo de los coreutas y la Asociación Amigos del Coral Carmina fue
interpretado en esta oportunidad, con veinte voces de refuerzo sobre la
formación habitual.
La obra
El Requiem comenzó a ser compuesto por
Mozart por un encargo del conde Walsegg en julio de 1791; a la muerte del
compositor, a los fines de cobrar el saldo restante del precio del encargo su
viuda Kontanze Weber, encomendó la tarea de completar la obra a Josef Leopold
Eybler, quien había asistido a Mozart hasta su muerte, discípulo que al no
sentirse capaz de estar a la altura de su maestro declinó el pedido y fue Franz
Xaver Süssmayer, quien completaría el Requiem para reclamar luego para sí la
autoría completa.
El opus
consta de seis partes: Introitus; Kyrie;
Sequentia, que tiene como episodios Dies
Irae, Tuba Mirum, Rex Tremendae, Recordare, Confutatis y Lacrimosa; Offertorium,
cuyos episodios son Domine Jesu y Hostias; Sanctus, Benedictus y Agnus Dei.
El
autógrafo de Mozart termina en el episodio Hostias.
En algunas de las partes hay un desarrollo completo de las intervenciones
vocales y esquemas instrumentales, en otros, simples esbozos. De allí lo
irregular de una creación que –no obstante haber seguido Sussmayer los
lineamientos del compositor- de haber sido escrita íntegramente por Mozart
hubiera sido más flexible, menos repetitiva, así como tenido desarrollos y un
final diferentes.
Dramatis
personae
El
Requiem es de gran dificultad para las voces por las inflexiones y variaciones
dinámicas: el Introitus (Requiem aeternam dona eis Domine) da una
sensación de marcha indeclinable, con esos pasajes descendentes de la cuerda
(motivo del pianto en la semiótica
musical) donde los tres trombones del orgánico original duplican las partes
corales de contralto, tenor y bajo). Sin embargo, muy poco después, en el Kyrie eleison el coro enfrenta un
complejo pasaje en fugato, muy
intenso en el volumen y marcado por la masa de cuerda y los timbales. El episodio
termina con un intenso acorde donde es posible distinguir los registros de las
distintas voces y a la vez la totalidad. Le sigue el Dies Irae casi inmediatamente, cuya composición para las voces es
íntegramente la de Mozart, Sussmayer completó la instrumentación, que plantea
idéntico desafío en la rapidez de los pasajes –las inflexiones son breves,
intensas y delimitadas claramente unas de otras- .
En el Rex tremendae fue posible apreciar
el problema de la intensidad e individualidad del sonido de la cuerda después
de las intervenciones del ensamble en su conjunto; luego de pasajes rápidos y
descendentes hay un apreciable cambio rítmico en lo que puede ser además una
modulación: la cuerda se hace suave es, por así decirlo, un delicado sostén de
las voces. En este lugar, la cuerda del ensamble sonó tensa y cortante, lo que
contrasta con la delicadeza de las voces
(sálvame fond pietatis) y se superpuso con su filo, a la línea vocal. Un
par de micrófonos situados sobre la cuerda hizo pensar que ésta estaba siendo
amplificada; de haber sido así surge claramente que el recurso no es idóneo
para suplir la necesaria mayor densidad sonora de la cuerda ni la función en el
todo del material proveniente de dichos instrumentos; también podría explicar
la falta de homogeneidad con el resto del ensamble.
El
nivel musical de los intérpretes no es suficiente para suplir carencias
estructurales.
En
efecto, el orgánico del Requiem demanda dos cornos de bassetto (rol que hoy cumplen los clarinetes), dos fagotes, trombón
alto, tenor y bajo, quinteto de arcos y voces y órgano. En esta textura, los
trombones doblan a las voces de contralto, tenor y bajo (trombone colla parte es la expresa indicación de Mozart).
La línea instrumental acompaña, provee
un sostén armónico a las voces y alterna con ellas, con lo cual el desbalance
puede ser significativo incluso considerando
la poco numerosa plantilla de la
orquesta de entonces.
Las voces solistas cumplieron
acabadamente las exigencias de la línea de canto mozartiana, que demanda
delicadeza, musicalidad y ductilidad. Un ejemplo es el cuarteto solista en la
parte del Benedictus. Cada una aportó
una cualidad diferente en su cuerda.
El coro fue absolutamente homogéneo en
todo momento, ya sea en la intensidad de intervenciones de mucho volumen, como
el extenso comienzo con las primeras partes y los primeros episodios de la Sequentia como en los continuos cambios
dinámicos, todos parejos y de una superficie sonora brillante, sin fisuras ni
altibajos. Ello habla a las claras de un continuo trabajo preparatorio del cual
cada concierto es una culminación.
Coda
Asistimos a una versión del Requiem de
gran calidad vocal, sometida a insalvables limitaciones sin las cuales no
hubiéramos podido acceder a ella, por parte de un ensamble de excelentes y
experimentados músicos.
En un punto de vista enteramente
personal, considero que el agradecimiento al secretario de cultura (y turismo)
en la extensa presentación previa al concierto, no se ajusta a la realidad que
se vive en el ámbito musical ni educativo (la prueba es la situación de los
organismos artísticos y de las bibliotecas, por ejemplo).
Si la autoridad a la que se dirigió el
agradecimiento estuviera al nivel de la función que debería cumplir viviríamos
una realidad muy diferente en la cual cada artista sería valorado y respetado
por su persona y por todo aquello que es capaz de hacer y a lo cual ha dedicado
su vida.
Eduardo
Balestena


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