domingo, 28 de abril de 2013

Gustavo Guersman con la Sinfónica Municipal



La Orquesta Sinfónica Municipal fue dirigida, en su concierto del 27 de abril en el Teatro Municipal Colón, por el maestro Gustavo Guersman y contó con la actuación solista de Adrián Cesario en guitarra.
El programa se inició con El Moldava, poema sinfónico de Bedrich Smetana, obra paradigmática del nacionalismo romántico checo que es demandante en el cuidado de una melodía cuya inflexión es en todo momento significativa para la obra, en su fraseo y en el manejo de una dinámica que debe ser tan expresiva como homogénea. Ya desde la polifonía inicial en las flautas que dan lugar a la aparición del tema central –en el cual la cuerda se divide en elementos diferentes- se plantea el color como uno de los elementos primordiales. Mantener esa dinámica y la claridad que siempre requiere la obra, en la exposición de elementos diferentes es otra de sus exigencias.
Adrián Cesario fue compositor e intérprete de la Fantasía Flamenca, para orquesta de cuerdas y guitarra. Discípulo de Isidro Maiztegui, pianista, violinista, arreglador, es además un virtuoso de la guitarra, instrumento con el que ha abordado, en carácter de solista, obras como Homenaje a la Seguidilla, de Moreno Torroba; el concierto de Aranjuez, de Rodrigo o Jeromita Linares, de Guastavino. Cultor y difusor del flamenco, la música popular española es el lenguaje que siente inherente a él. Sin embargo, la Fantasía no es una obra virtuosa ni se basa exclusivamente en cambios de rítmica, ni en pasajes rápidos sino que aparece como un trabajo introspectivo, de renuncia al puro efecto y donde el uso de los ritmos es tenue y velado. Concebida en un movimiento desarrollado a partir de un motivo inicial –y conductor- se plantea en al menos dos secciones –con un cambio de modo- y un final y está dada tanto en la variación de ese elemento como el cambio en las armonías con que es presentado. Si bien con anterioridad Adrián Cesario mostró su manejo absoluto del instrumento hoy lo hizo con el del lenguaje y sus posibilidades, en un ámbito diferente –la orquesta de cuerdas.
Sinfonía nro. 4 en fa mayor, opus 36 de Piotr Ilich Tchaikovsky  Si algo parece decisivo en una obra como esta es la elección de un tempo que permita hacerla compacta pero clara, vibrante y expresiva pero delicada, y poder resolver las exigencias de los pasajes más rápidos sin ralentizarlos. El carácter compacto puede lograrse por una muy correcta afinación y un trabajo en las inflexiones de un discurso musical bastante complejo: por la transformación de motivos, por su enlace y por la alternancia entre elementos diferentes en un mismo momento. Hay lugares, como la intervención de las maderas –flautas y clarinetes- en el segundo movimiento, cuando la cuerda lleva la línea melódica, que en el tempo elegido resultan verdaderamente difíciles: por el carácter y los problemas técnicos de interpretación que plantean pero que por eso mismo le dieron fuerza al enfoque de la dirección. Otro lugar muy logrado fue el último movimiento, de requerimientos particularmente en una cuerda siempre exigida pero que sonó muy homogénea, en un tempo rápido pero muy claro que implica que tanto la rapidez como el poder ejecutarla dentro de pautas de ajuste y afinación hagan más exigente la interpretación.
Gustavo Guersman ha sido concertino durante muchos años, con una extensa trayectoria y experiencia, conoce bien el trabajo con una orquesta: se nota en la claridad de su manejo, en la atención a los aspectos técnicos y en el resultado final que en el caso destacó en aspectos tales como el manejo de la cuerda,  el manejo de las dinámicas, el tempo y la claridad de una interpretación muy ajustada.

    




Eduardo Balestena


domingo, 14 de abril de 2013

El juego emotivo, musical y sensorial



La Orquesta Sinfónica Municipal fue dirigida, en su concierto del 13 de abril en el Teatro Municipal Colón, por el maestro español Ignacio García Vidal, y contó con la actuación de la pianista -también española- Patricia García Gil.
La Alborada del Gracioso de Maurice Ravel abrió un exigente programa que focalizó en el rico periodo de las primeras dos décadas del siglo XX, signado por el predominio y la búsqueda de lo nacional, y de un sonido, como en el caso de Ravel, puro, anguloso, contrastante respecto de la estética del postromanticismo y con requerimientos propios: belleza tímbrica, transparencia y la absoluta precisión en intervenciones siempre expuestas. Aunque armado, muy justo y correcto, el tempo elegido restó en algo el carácter tajante y compacto (particularmente en la primera sección) de un opus que demanda virtuosismo.
Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla (impresiones para piano y orquesta) fue la siguiente obra. Cumbre y síntesis, se funden en ella el virtuosismo y el color orquestal que De Falla adquirió en su estadía en París, con el empleo de ritmos y motivos populares (influidos por su formación con Pedrell, maestro que reivindicó el rico acervo musical español) y que asume no ya como rasgos de exotismo sino de una identidad y centro mismo de una música que en este trabajo pone en función de recrear el misterio de la noche y de los lugares recordados y añorados (ya que estaba en Paris cuando la escribió).
El resultado es una trama de motivos –siempre vibrantes, acentuados, claros y concisos- que constituyen un tejido que se difumina en voces en la orquesta y en el instrumento solista, climas sonoros y momentos camarísticos. Plantea así el problema de la claridad y el equilibrio, de la pureza tímbrica, del contorno siempre destacado y una relación indiscernible entre el instrumento solista y la orquesta, que intervienen muchas veces juntos, tejiendo esa voz no en la mera yuxtaposición o en la sucesión sino en el la identidad sonora de cada instrumento.
En el piano plantea varios problemas: uno es el sentido rápido, percusivo, rítmico, pero con un toque a la vez suave y delicado, capaz de dar a esa frase de notas cortas una inflexión subjetiva (como sucede en el bellísimo motivo del tercer movimiento, que se inicia con un pasaje vibrante) planteado luego de la intervención de las trompas y que reaparece hacia el final. Esta es una particularidad: climas sonoros hechos en ricos motivos dan lugar a desarrollos de otros motivos conexos pero diferentes, que confieren a la obra una vertiginosa sensación de avance y un permanente juego imaginativo. Otra particularidad es la del color orquestal, por ejemplo en el inicio: el tremolar de las cuerdas en el acorde inicial, en un clima que va variando, enriquecido sucesivamente por las trompas, los oboes y las intervenciones de toda la cuerda y que da lugar a la entrada del piano con una rica elaboración de ese mismo motivo. Otra de las características es, en el piano, el planteo de un motivo y la introducción de figuraciones antes de resolverlo.
La joven pianista Patricia García Gil abordó esta obra con una seguridad absoluta, un sentido de la frase y de la totalidad. La segunda entrada del piano, luego de la resolución del primer episodio hubiera requerido mayor vigor y fluidez. La elección del tempo –algo ralentizado- del segundo movimiento (Danza lejana) y algún problema en las trompetas no alcanzó a debilitar la cohesión de un todo sin fisuras en una obra muy compleja que fue abordada con pocos ensayos, dada la demora en la recepción de las partes. Ignacio Vidal Gil evidenció conocerla muy bien y estar muy presente en todos los aspectos: la precisión rítmica, el color, la dinámica y el balance.
La Sinfonía nro. 9 en mi menor, opus 95, del nuevo mundo, de Antonin Dvorak cerró el programa con una versión que hubiera podido ser más ajustada en cuanto a la flexibilidad y a la continuidad de un discurso al cual un tempo ralentizado –que exigiría un mayor detenimiento en la conclusión de cada pasaje y en la articulación- no favoreció, con una cuerda algo incisiva en una textura que requeriría más homogeneidad y densidad. Es una obra exigente en una belleza sonora que hace al propio discurso y su manejo tanto el melos americano que lo inspiró como a su naturaleza de obra eslava que plantea cuestiones como el cambio de tempo en el finale (hacia los seis minutos) que finalmente se resuelve en una coda que recapitula sobre el tema inicial, confiriendo una gran unidad.
Destacaron Andrea Porcel (corno inglés); José Garreffa (trompa); Gerardo Gautín (fagot); Baldomero Sánchez (viola) y Federico Dalmacio (cello) 
Ignacio García Vidal es un director que pese a su juventud ha adquirido una gran experiencia –como director y docente, campos en los cuales ha alcanzado un gran reconocimiento- que se traduce en la claridad, la presencia permanente en una orquesta en la cual, pese a no indicar todas las entradas, nunca deja sola, y en el sentido de equilibrio y cuidado.
Lamentablemente, la falta de programas de mano –cuestión que unida a la demora en la recepción del material y a cosas como el ingreso de personas a la sala una vez iniciado el concierto, constituyen indicadores de una gestión- impidió tener una referencia de los intérpretes invitados.
Es también lamentable la impresión que esto genera en los visitantes.                      
           
               
           




Eduardo Balestena

domingo, 28 de octubre de 2012

Transparencia sonora


La Orquesta Sinfónica Municipal, bajo la dirección del maestro Emir Saúl, se presentó en el Teatro Municipal Colón en su concierto del 27 de octubre, con la actuación solista de Arnaldo de Felice en oboe.
            Tras la obertura de La cenerentola, de Rossini, que abrió el programa, tuvimos la oportunidad de apreciar el sonido y la técnica de Arnaldo De Felice, compositor y oboísta italiano de una muy extensa actuación en Estados Unidos y Europa, tanto en su carácter de solista de la Orquesta Sinfónica Arturo Toscanini, de Parma, como  de solista en escenarios como el el Carneghie Hall; Goldener Saal, de Viena y muchos otros; siendo además jurado en concursos internacionales  en Sofía y en Rovereto. Lleva una extensa obra compositiva abordada en numerosas oportunidades por distintos intérpretes, tales como Machiko para flauta sola (Tokio, Bunka Kaikani y Osaka, Japón, Izumi Hall) entre muchos otros.
            El Concierto para Oboe y cuerdas de Bellini como el Concierto para Oboe y Orquesta (sobre un tema de La Favoritta, de Donizetti, de Antonio Pasculli que abordó muestran exigencias diferentes en orden a obras que demandan del instrumento aspectos también distintos. En el primer caso, la delicadeza de la frase y el color de un timbre con un sonido algo menos brillante y más dulce que el habitual del instrumento en la orquesta. En el segundo, un arranque con un sonido en un registro fuerte que rápidamente pasó a una gran suavidad en el volumen: dinámica, precisión, delicadeza en el timbre fueron características de los dos primeros movimientos. En el tercero, absolutamente virtuosísitico, el tema principal es presentado de manera nítida y despojada. Luego de esa primera exposición vuelve, una y otra vez, ornamentado, pero sin perder el carácter gracioso e ingenuo de esa primera vez: a la exigencia dinámica anterior se suma la precisión y una técnica en función de la espontaneidad y de la abigarrada trama de adornos que obligan, entre otras cosas, a ir del registro medio o agudo al grave, con una rapidez tan extrema que los sonidos parecen ser notas dobles en distintos registros: eso por citar el ejemplo más evidente de los recursos con que Arnaldo de Felice cuenta y que puede utilizar de una manera plástica pero absolutamente precisa. Otro es el de la respiración circular, compleja técnica que permite prolongar la emisión con una entrada de aire que no se interrumpe. También complejas con las cadenzas, particularmente de este concierto, que , aun en obras que más que por su hondura musical destacan por su virtuosismo, nos llevan a experimentar una insospechada gama de colores para el instrumento.
            Ravel
            En la segunda parte fueron interpretadas, de Maurice Ravel Le Tumbeau de Coperin y números de la Suite de Mi madre la Oca. Las pocas sesiones de ensayo que la orquesta tuvo hubiera podido ser un factor que conspirase contra la dificultad de estas obras, de las más significativas de Ravel, pero el resultado, ya en el ensayo general, estuvo muy lejos de mostrar dificultad alguna.  Aun con un número menos en Mi madre la Oca -4to. Cuadro Pulgarcito. Très modéré- y sin algunos interludios, hubo un muy buen resultado en el todo, en un lenguaje caracterizado por la precisión rítmica, el refinamiento del timbre, la claridad melódica y la gradación de matices.
El Tumbeau fue un género de la Francia del barroco para honrar a quien había desaparecido recientemente. Ravel se vuelve hacia la Francia de las danzas barrocas, en un postulado neoclásico: el homenaje a un mundo desaparecido pero desde un lenguaje armónico nuevo que destaca, en su transparencia, aquellas melodías. Con timbres puros  muy pulidos se conforman sonidos camarísticos que requieren una exactitud absoluta –por ejemplo en Forlane, allegreto: cuerdas en pizzicato, maderas: cada cosa se oye separadamente pero conforma un todo, suerte de mecanismo de relojería. También es así en el Menuet-allegro moderato . Cada episodio danzante evoca a un amigo desaparecido en la Primera Guerra Mundial. Es de gran dificultad el solo inicial del oboe, al cual acompañan los clarinetes.
Muy distinto es el mundo irreal y fantástico de Ma mére l ´oye, una suite sobre cuentos infantiles que en la versión que escuchamos comenzó  no en el Preludio sino en el segundo cuadro: Pavana de la Bella Durmiente del Bosque: El mundo de la infancia aparece como algo irreal, fantástico y añorado. Ravel no hace una música subjetiva, que permita exteriorizar sentimientos: expone un mundo mágico y lo plasma en su virtuosismo como orquestador. Por ejemplo, en Laideronnette, emperatriz de los pagodas, describe a los pagodas, de un cuento de Marie-Catherine de Aulnoy, seres diminutos cuyos cuerpos son de cristal, porcelana y piedras preciosas. Quizás el número más representativo del mundo de Ravel sea el final: El jardín de las hadas. Lent et grave: En lo que se presenta como un cambio de tonalidad en una cuerda de extrema delicadeza, la obra hace un cierre de ese mundo hecho tanto en la fantasía como en el detalle sonoro: no es cualquier sonido, es uno que, igualmente, debe ser preciso en esa precisa arquitectura, pero muy bello en sí mismo.
            No se trata de obras de grandes dimensiones en su duración ni, aunque requieran multiplicidad de instrumentos, como el vibráfono y la celesta, de efectos exuberantes o fáciles: es un universo delicado y difícil de plasmar. Tuvimos suerte de poder acceder a él.
            Destacaron Mariano Cañón (oboe); Andrea Porcel (corno inglés); Alexis Nicolet y Julieta Blanco (flautas); Sabrina Pugliese (fagot); Gustavo Asaro y Ernesto Nucíforo (clarinetes) y la línea de trompas.
  
           

Eduardo Balestena


domingo, 14 de octubre de 2012


Un ecléctico programa
            En su concierto del 13 de octubre en el Teatro Colón la Orquesta Sinfónica Municipal fue dirigida por el maestro Guillermo Becerra y contó con la actuación solista de Patricia Da Dalt, en flauta.
En la primera parte fue interpretada la Obertura de El empresario Teatral, de Mozart y el Millenium concerto, de Carlos Franzetti.
Tanto la obertura de Mozart como la Sinfonía de la segunda parte acusaron la ausencia de un trabajo profundo, particularmente en la cuerda, y de un ensayo general. Fue un Mozart abordado a un tempo lento y poco compacto que significó que lugares como la sección de respuesta en la cuerda al motivo inicial no sólo carecieran de brillo sino también de esa impronta a la vez delicada y enérgica las obras de Mozart. Es evidente el grado de dificultad de un opus que, en su brevedad, parece simple pero que está muy lejos de serlo: particularmente por las inflexiones en todos los pasajes de las cuerdas que requieren un sonido muy cuidado y un tempo ágil donde los pasajes tajantes no parezcan caer  como un peso muerto.
Patricia  Da Dalt es primera flauta en la Orquesta Sinfónica Nacional y docente en la Diplomatura Superior de Música Contemporánea en el Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla. No sólo ha desarrollado una extensa carrera solista sino que se ha intervenido en conjuntos de cámara –como el Trío Luminar- , realizando giras por Europa. También se ha presentado en festivales internacionales y llevado a cabo un largo trabajo en talleres con músicos como Gerardo Gandini, Marta Lambertini y muchos otros. Quizás a a esos aspectos de su carrera y formación debamos la elección de una obra rica e interesante como la que abordó.
El Milleniun concerto es un trabajo muy demandante, en su concepción rítmica, con sus elaborados ritmos de tango, sino también en la precisión que requiere del instrumento solista, cuya línea, muy expuesta en la rapidez de los pasajes, en las inflexiones del discurso y en la pureza de la emisión, va siempre como flotando sobre el fondo de una orquesta que parece tomar de ese discurso algunos elementos, pero que, básicamente discurre en otros distintos. Podríamos decir que este interesante trabajo de Carlos Franzetti, un conocido compositor y arreglador argentino que vive en Estados Unidos, recuerda al concierto de Ibert por la línea ágil, sutil, refinada, expresiva y tímbricamente destacada, pero es como si resolviera ese postulado inicial en los términos del tango, tanto en los movimientos  rápidos como en el  lento, trabajando sobre elementos de ese material que expone de distintas maneras. Lamentablemente, el programa de mano no detalla las partes de una obra tan atractiva y cuya gracia sólo puede ser perceptible desde un trabajo técnico que, pudiendo abordar sus múltiples dificultades, permita plasmar su espíritu. La fluta solista no parece estar destinada a obras de gran profundidad musical (en ese caso debemos preguntarnos en qué reside esta profundidad musical) pero sí al brillo y al planteo formal,  como en este caso.
La técnica y la expresividad de la solista fueron evidentes, con una orquesta que estuvo a su altura.
Sinfonía nro. 1, opus 21 de Beethoven
Si bien dentro de un esquema clásico –que cierra el siglo XVIII- esta obra temprana muestra, además de su riqueza formal y su concepción casi danzante, elementos novedosos, como su comienzo con una séptima dominante en fa mayor, siendo que está escrita en la tonalidad de do mayor; también el tercer movimiento con la forma de un scherzo, diferente al minuet. Otro pasaje de gran riqueza es el comienzo del andante cantabile, en los segundos violines y las sucesivas entradas de la cuerda por secciones.
            Las obras del período requieran un enfoque que privilegie el tempo rápido, acentuación, relieve y liviandad en el sonido antes que los criterios de interpretación de obras de etapas posteriores. Aunque no fuera éste el enfoque sí es posible señalar que tuvimos una versión que rindió lo mejor en el Minuetto y trío (rico, conciso y enérgico) y en el adagio Molto e vivace (tercero y cuarto movimientos) y que, aunque se trató de una ejecución precisa,  hubiera requerido una mayor plasticidad y un sentido más compacto del todo.
            Es de lamentar, una vez más, que se permita el acceso del público no sólo entre una obra y otra, sino en el curso de la interpretación de un movimiento y que haya publico siendo acomodado deambulando en los pasillos en el curso de la interpretación.
 




Eduardo Balestena

domingo, 2 de septiembre de 2012


El Requiem Alemán en Mar del Plata
            La Orquesta Sinfónica Municipal, con el Coro Polifónico de la Ciudad de la Plata –dirigido por Andrés Bugallo-, y las actuaciones solistas de Georgina Espósito (soprano) y Fernando Alvar Núñez (barítono), bajo la dirección del maestro Guillermo Becerra, interpretaron, por primera vez en Mar del Plata, Un Requiem Alemán, opus 54, de Johannes Brahms; intervino en órgano Horacio Soria. .
            La obra
            Como la sinfonía nro. 1, el Requiem Alemán tuvo una larga gestación, que se remonta a una proyectada sonata para dos pianos que Brahms intentó luego convertir en una sinfonía, para terminar utilizando el primer movimiento en el Concierto nro.1. El segundo, un scherzo, sería el segundo número del Réquiem. A la muerte de Schumann (1856) la incorporó a una cantata de cuatro movimientos y al fallecimiento de su madre (1865) la obra cobró casi la forma con que la conocemos. Luego de su estreno parcial (1867), Brahms incorporó el séptimo número.
            Los textos están tomados de la traducción de Martín Lutero de las sagradas escrituras. No hace referencia al juicio final ni a Jesús, sino, en una atmósfera espiritual, a la vida eterna. Como señaló el compositor, es una misa de la vida y del hombre.
            En lo musical se trata de un lenguaje que, distinto de los elementos de danza –como en las sinfonías o conciertos, como el tercer movimiento del opus 77 - o estróficos –de formas pautadas, como las variaciones opus 56ª, o la passacaglia del cuarto movimiento de la sinfonía nro. 4 -, o de un concepto de armonía que sugiere, en su articulación y en su progresión armónica, un punto de salida y uno de llegada, el Requiem –a diferencia de estas ideas- participa más del lenguaje de obras como el Intermezzo opus 119: la periodicidad sutil y continua de elementos definidos y su desarrollo hacia unidades adyacentes con las que forma un todo orgánico. No son grandes desarrollos melódicos sino una unidad de elementos sencillos en sí mismos, pero conectados en dos planos: uno externo –la superficie de sentido- y otro estructural, donde se advierte la unidad de la construcción armónica y tímbrica.
            La versión
            Muy grandes son los requerimientos de la obra: por empezar en su dificultad y duración, en las extensas fugas en el coro, pero más que nada en el sentido de transparencia, sutileza y matices.
            Es encomiable que un coro no profesional haya podido abordarla e interpretar, sin vacilaciones, lugares tan exigentes como la fuga del tercer número (“Ihr habt nun Traunrigkeit”/ “Así también vosotros sentís la tristeza”) o del sexto, con una sección equivalente al Dies Irae de las misas católicas (“Der Tod ist verschlungen/ In den Sieg” / “Muerte dónde está tu victoria”). El coro no tiene descanso durante la hora veinte que dura. Muy extensa debe hacer sido la preparación de la obra, a juzgar por el conocimiento con que fue ensayada por primera vez el viernes.
            En los pasajes lentos o diminuendos que requieren precisión y sutileza se hubiese requerido mayor densidad, homogeneidad, afinación y matices. El Requiem demanda una absoluta homogeneidad y transparencia de las voces, como lo postula ya la intervención inicial a capella, luego de la introducción orquestal (“Denn alles Fleisch, es ist wie Gras” / “Toda carne es como hierba”) en un conjunto que sólo atomizado y sin un fraseo fluidamente articulado.
            Tampoco el fraseo lució siempre sutil en una orquesta que muchas veces –como en el número cinco, con la soprano- se mantuvo en un volumen mayor  al piano que requiere la obra, con un fraseo en cuyos matices –tal como sucedió en el número cuatro (“Wie liebich sind Drine Wohnungen”/ “Qué deliciosas son tus moradas”) hubiera debido ahondar más.
            Los solistas
            Georgina Espósito no mostró un gran caudal de voz, pero la claridad,  delicadeza de su interpretación y su técnica, plantearon un concepto de su rol muy acorde a una obra cuyas demandas se centran en esos elementos y no en el simple volumen de la emisión. Se mantuvo en un tono medio, sin forzar ni distorsionar en ningún momento su registro y desde allí estableció su proyección. El número 5  (“Ihr habt nun Trauringkeit” / “Ahora estás afligidos”) conlleva, además del pasaje agudo en la frase inicial (entre otras dificultades), el pasaje con las maderas (nueva exposición sobre Ihr habt nun Trauringke, que requiere, por el registro y la duración, un gran control del fiato. 
            Fernando Alvar Núñez tampoco tuvo una voz de gran caudal pero sí de una muy buena técnica, por ejemplo en la gradación de matices, volumen y control de fiato que requiere un pasaje como el del número 6 (“Sihe, ich euch ein Gehemnis/ wir werden nicht alle entschalafen…” / “Mirad, que os revelo un secreto/ ciertamente no moriremos todos”). Ambos solistas tuvieron con la obra un tono sobrio e introspectivo y mostraron una muy buena dicción en idioma alemán, sin la cual suelen desarmarse los finales de las palabras y perder definición lo cantado.
            El número 7 (“Selig sind die toten”/ “Bienaventurados los muertos”)  retoma el tema del primer número de modo que en esta nueva presencia de los períodos –el planteo del elemento motívico- de la sección inicial introduce la idea de que la muerte no es un final definitivo. En la orquesta se enuncia en lo que parece un cambio tonal respecto al movimiento anterior, con elementos de gran belleza –en los arcos y en el coro- que retoman la atmósfera del comienzo.
            Renglón aparte merecen los recurrentes problemas de ubicación en el teatro que significan que hasta el comienzo del tercer número haya habido gente acomodándose y deambulando ruidosamente por la sala, y que se permita la entrada al público en estas condiciones, en perjuicio de quienes acudimos a horario y por un interés en la música.
            Como balance, debemos pensar que ha podido ser interpretada esta obra en Mar del Plata, más allá de la comparación del resultado obtenido con la formulación estética de un trabajo tan significativo, o la que podamos hacer con versiones de referencia, y al hecho de que un opus semejante hubiera requerido una mayor preparación, es un resultado en sí mismo.
             

           

           

Eduardo Balestena


lunes, 20 de agosto de 2012


Cavalleria Rusticana en el Colón
Ópera Mar del Plata representó, el 17 y 19 de agosto, la ópera Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni, con la Orquesta y Coro de la Ópera de Mar del Plata, con las intervenciones solistas de Cintia Velásquez; Belén Baldino; Antonio Grieco; Alejandro Meeraspel y María Guerra, todos bajo la dirección de la maestra Susana Frangi. El coro fue preparado por Soledad Gonzalía y la puesta en escena estuvo a cargo de Jorge Ponzone.
            Un nuevo lenguaje Carmen, de Bizet (1875) inauguró una estética nueva, el verismo, en el cual se inscribe la obra de Mascagni (1890), llevando a la escena, por primera vez, una historia ambientada en la Italia del Sur, cuyos personajes son campesinos; en un lenguaje que conlleva requerimientos expresivos nuevos y demandantes. Más afianzado que en la función del 17, el conjunto logró –pese a la subsistencia de algunos inconvenientes-  una versión muy ajustada y expresiva de una obra que sólo a la muerte de Mascagni (en 1945) había logrado ya más de  diez mil representaciones en todo el mundo.
            Los roles solistas: A Cintia Velásquez (soprano ya de amplia trayectoria en obras de diferentes períodos) le cupo el rol de Santuzza, el más exigente en una tesitura que exige a su registro en toda su extensión y en inflexiones y acentos de un intensidad muy especifica: es la cuerda que no sólo aporta algunos de los motivos conductores más presentes en la música sino que plantea la carga dramática de un conflicto que recuerda, en su fatalismo, a la tragedia griega: fuerza visceral, oscuridad, imploración, presentes casi al mismo tiempo, a veces en una misma frase, en un rol que –por sus demandas- ha sido interpretado en la cuerda de mezzosoprano (Julieta Simionato). Una misma palabra –por ejemplo- baja del registro agudo o medio al grave en la última sílaba; no sólo eso, también hay líneas que retoman la exposición en otro registro, casi sin solución de continuidad. Cintia Velásquez mostró una excelente proyección ya que en numerosos pasajes debe abrirse paso en una orquesta que no estaba en un foso y que, por ello, se encontraba más presente. Dominó las diferentes intensidades que la llevan a pasajes de mucho volumen en registros agudos y fue siempre clara en los graves, aun en el dueto con Turiddu en, en medio de un tutti orquestal.
            Belen Baldino –Lola- que se introduce en el dueto de Santuzza con una simple canción (escena seis), mostró un fraseo claro y muy bien articulado, eficaz contraste con el resto del drama. No por simple, la canción tiene menores exigencias, como una escala en la que sube, claramente por tonos, con una perfecta afinación.
            En su cuerda de tenor ligero Antonio Grieco abordó –ya desde la siciliana inicial, fuera de la escena- con gran ductilidad este papel de tenor dramático; aunque sin inflexiones hacia finales más graves, acentuados e intensos como los que –en una versión referencial como la de Mario de Mónaco- conlleva el rol. Mostró sus rasgos propios: una afinación cuidada que se hace más evidente en los rápidos pasajes en que sube a los agudos y los mantiene en la intensidad, sin aparente esfuerzo, en una presencia y desplazamiento escénico tan fluido como personal.
            Alejandro Meerapfel es un barítono de una ya extensa carrera profesional que abarca roles muy diversos en obras de distintos períodos. Compuso un Alfio cuya densidad está planteada tanto en pasajes como el de la vendetta (escena ocho)  –en registros medios y agudos de su cuerda- como sus respuestas en los más graves, en los que mantuvo intensidad, proyección y dramatismo.
            No obstante su carácter secundario y su función de interlocutora del resto de los personajes, el de la Mamma Lucia tiene requerimientos puntuales, como el característico y abrupto descenso a los graves en ciertas palabras, lo que hubiera requerido a una mezzosoprano que  respondiera, al menos mínimamente, a las demandas de fraseo y afinación del rol.
            El coro Tanto duetos como coros tiene una particularidad: la exposición por la cuerda masculina o el solista, la femenina o la solista (por ejemplo Santuzza y Turiddu en la escena siete), y la superposición de estas partes en un todo. Mascagni utiliza el recurso de exponer, aleatoriamente, algunos de estos elementos: es el caso de la primera escena en que la cuerda femenina canta “Glia aranci olezzano/ sui verdi margini…” (en compás de ¾), la masculina canta (en 6/8) “In mezzo al campo/Tra le spiche d´oro…” que empieza no al comienzo de un compás sino en una corchea del último tiempo del anterior; elementos que yuxtaexpuestos dan por resultado un difícil pasaje de polirritmia vertical. Diferentes son los requerimientos del Regina coeli laetare (escena tres), cantado dentro de la iglesia, que requiere voces blancas. En la segunda vez hubo una exposición más aguda del Aleluia, del modo en que lo pide la obra. 
            Otro lugar de gran belleza es el “Inneggiamo/ Il signor…) (escena tres), que marca la entrada a la iglesia; a cargo del coro y Santuzza que destaca por un crescendo muy gradual que lleva a la obra a uno de sus momentos más intensos. No obstante que la cuerda masculina lo comenzó ya con intensidad –sin la gradación previa- y la existencia de algunos problemas de afinación en un par de voces de tenores, el resto de la cuerda masculina y la  femenina lograron plasmarlo de un modo homogéneo, progresivo e intenso, perceptible en el conjunto. Es de destacar, el los números del coro a las sopranos situadas en los primeros escalones, por el apoyo musical al conjunto y  por  su fluidez escénica.
            La exclamación final (“Hanno ammazzato compare Turiduu”, escena 12) resuelve la acción y entraña un desafío: debe ser desgarradora pero no un simple grito; intensa y acentuada pero sin sobreactuación: la contralto que lo hizo logró una inflexión justa; lo mismo el coro en el pasaje “Comare Lola,/andiamo via di qua” (escena once) ante la inminencia del desenlace.
            La orquesta: En la segunda función la orquesta sonó homogénea, frente al sonido más parcial de la primera, y a cuestiones de intensidad en que instrumentos como el redoblante llegaron a tapar al solista o a problemas puntuales en intervenciones solistas: (campanas tubulares y oboe)  o el pasaje en que la cuerda hace la presentación de Turiddu (escena cinco). En esta oportunidad si bien subsistió un problema solista fue muy puntual, como también el leve desfasaje en la entrada del coro en el brindis. Hubo una dirección muy clara en todo, lo que incluye a la marcación de los cantantes y coros. También el intermezzo fue más sutil y cuidado en un tempo de más detenimiento y con un fraseo más trabajado. Si bien –con respecto a la versión de referencia de Tulio Serafín con la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia de Roma, 1960) fue abreviada la intervención del coro en el brindis, lo cierto es que ello no incide en lo más mínimo en el resultado final.   
            La puesta: El universo de reglas claras y sencillas de la Sicilia del siglo XIX no admite, de ninguna manera, extrapolaciones de sentido como la introducción de personajes ajenos sin función congruente al cuento de Giovanni Verga que sirvió al libreto de Guido Menasci y Giovanni Targioni-Tozzetti. Lo más evidente: Alfio o es un carrero que llega a escena con un carro, un caballo y un látigo, y no con un sujeto de torso desnudo que es golpeado: ello resulta incongruente con el texto: “Il cavallo scalpita, Il sonagli squillano…” (escena dos). El pueblo siciliano fue convertido en un rígido grupo de penitentes de negro, sin ninguno de los ámbitos que pide la obra: la taberna y la iglesia (en una concepción minimalista, hubiera bastado colocar un par de puertas que los representaran). Casi en el final, Turiddu va a despedirse de su madre; pero fue ella que vino a su encuentro a sus espaldas, mientras él le cantaba: ¿cómo sabía que estaba allí si se encontraba de espaldas?
            Un olvidable director me dijo en un reportaje “la música llamada clásica ha resistido los peores embates y ha sobrevivido”. Es cierto: ha sobrevivido a tragedias personales, coyunturas políticas, tiranos y demagogos. Cavallería sobrevivirá a una puesta así, aunque es lamentable que en tren de llevar adelante el montaje de una ópera, con todo lo que eso implica, se lo haga de este modo.

Eduardo Balestena


miércoles, 15 de agosto de 2012


Obras cumbres de una etapa
Nicolás Favero intervino como solista en violín en el cuarto concierto del ciclo dedicado a Johannes Brahms, en el concierto que la Orquesta Sinfónica Municipal brindó, dirigida por el maestro Emir Saúl en el Teatro Colón el 21 de julio.
            Concierto para violín y orquesta en re mayor, opus 77
            Ante una obra de esta magnitud  resulta claro el patrimonio discursivo y técnico con que debe contar el solista capaz de abordarla. Quizás no resulte ajeno a ello que  Brahms haya transcripto para piano la chacona para violín de Bach. Parece haber llevado al instrumento ese sonido abarcador y complejo y a la vez desarrollado la vertiente de las melodías húngaras. A las exposiciones iniciales de temas y motivos suceden exigentes desarrollos que el solista debe abordar a la vez con claridad, precisión y sentido de su articulación y musicalidad en el todo. La textura le requiere, además, el contacto permanente con una orquesta en todo momento imbricada con él: la cuerda siempre sigue, resalta y acompaña –no sólo para el solista es compleja la obra- planteando otra demanda de esta textura: el equilibrio de sonoridades en una cuerda que a veces casi desaparece, otras comenta y otras confiere color o carácter.
            Ante esta formulación y sus requerimientos quedó muy claro el carácter de Nicolás Favaro, concertino de la Orquesta del Teatro Argentino, de ser solista desde la experiencia de ser músico de atril. No eligió un sonido incisivo sino una sonoridad en el rango de la cuerda de la orquesta; sonoridad a la que brindó un sentido cuidado, claridad y de acentuación en las intensidades que no destacó a la obra en sus dificultades sino en su pura musicalidad. Ello incluye la compleja cadencia –escrita por Joachim muy en congruencia con la impronta Bachiana de la obra.  Para llegar a este punto se requiere un manejo de la técnica que permita plasmarla y tomar decisiones estéticas sobe su utilización y no sólo exhibirla (como es frecuente en otros conciertos para violín).
            El adagio (en forma ternaria A-B-A) es desarrollado a partir del tema del oboe, en un pasaje –acompañado por las maderas- muy demandante en el fiato: requiere exponer el motivo inicial y su desarrollo y recién permite respirar al volver a ese motivo inicial: la frase, no obstante, por su belleza y por su función en la obra, exige una exposición muy clara que permita abrir su musicalidad y su sentido, ya que imprime el carácter a todo el movimiento. Como si eso fuera poco, es expuesta más de una vez y abre la sección final luego del intermezzo. Pareciera que, a diferencia de la lucida intervención de Mariano Cañón, en otras grabaciones (con tempos más lentos) se utiliza más de un fiato, lo que puede perturbar la unidad de la frase. Fue muy clara la dirección de Emir Saúl: ya sea en las intervenciones que requiere una textura tan precisa, como en el manejo de los aspectos del equilibrio de los planos sonoros.
            El concierto para violín de Brahms implica no sólo una riqueza formal y temática, sino la que de un dominio desde lo estético que permita plantear, en todos sus términos, esa gran riqueza. Pudimos tener una versión que lo logró acabadamente. 
            Sinfonía nro. 4, en mi bemol mayo, opus 88
            También muy acabada fue una versión de la cuarta sinfonía que se singularizó por el tempo resultante en el andante moderato, 2do. Movimiento, y el Allegro giocoso – poco meno presto (3ro.), particularmente en éste último, donde la rapidez no significó un sonido en bloque sino una textura viva y de claridad de matices, en intervenciones muy rápidas  y precisas, en una orquesta donde la dirección se focalizó mayormente en la cuerda. Ellas llevan gran parte de la exigencia, por ejemplo en el scherzo, pero maderas, trompas y metales son referenciales en el discurrir del todo, a la vez que  despliegan de sus colores.  
            Son muchas las particularidades de la obra, entre ellas los pasajes en contrapunto, el uso de trompas para obtener una sonoridad peculiar al hacerlas intervenir con los cellos (ello produce un resultado armónico característico).
            Es la trompa solista la que imprime el tempo al segundo movimiento, favorecido cuando éste le otorga una velocidad donde el tema no se haga pesado; ello resulta importante en la medida de que sobre esta base es construido todo el movimiento.
            El cuarto movimiento –Allegro energico e appasionato – Piu allegro- es una passacaglia desarrollada sobre bajo de ocho compases cuyo modelo es la passacaglia en do menor para órgano de Bach. Brahms se ciñe a un preciso esquema –de duración y simetría- en cuanto a la extensión de las 30 variaciones; algunas, como la duodécima, en la flauta, cumplen la función del episodio lento en un movimiento de sinfonía.
            La sinfónica llegó al ensayo general ya con conceptos muy claros y aunque sin una guía efectiva en muchos de los pasajes (particularmente trompas cuando intervenían en función de soporte, o maderas), obtuvo un sonido expresivo, trabajado, preciso en una obra que se abre en la medida en que una orquesta pueda responder a estas variables.      
            Destacaron: Mariano Cañón (oboe); José Garreffa (corno); Mario Romano (clarinete); Sabrina Pugliese (fagot); Alexis Nicolet (flauta) así como la línea de metales.
            La cuarta sinfonía es el último gran desarrollo sinfónico de un Brahms que a partir de ella se concentró en obras de cámara.        





Eduardo Balestena