martes, 16 de mayo de 2017

Concierto de la Orquesta Estable del Teatro Colón de Buenos Aires



.Orquesta Estable del Teatro Colón de Buenos Aires
.Director: Maestro Isaac Karabtchevsky
.Solista: Sergio Tiempo (piano)
.Teatro Colón de Buenos Aires, 14 de mayo

El pianista venezolano Sergio Tiempo se presentó con la Orquesta Estable del Teatro Colón, dirigida por el maestro brasileño Isaac Karababtchesky, en el marco del Abono Verde.
El Concierto para piano y orquesta número 3, en re menor, opus 30 (1909), de Sergei Rachmaninov (1873-1943) fue la obra solista interpretada en la primera parte. Probablemente –y, por la envergadura, más que ellas- sea junto con la Rapsodia sobre un tema de Paganini (1934) y las Danzas Sinfónicas (1940), una de las obras más formalmente pensadas y elaboradas por el compositor, donde el virtuosismo se encuentra en paridad con las ideas musicales profundas y extremadamente demandantes.
La escritura de la obra fue comenzada en Ivanovka, la residencia veraniega de la  familia (quemada por los bolcheviques en 1918 y reconstruida por el gobierno comunal durante la perestroika) en el verano de 1909 como una suerte de carta de presentación para una gira de conciertos en Estados Unidos de Norteamérica. Sumamente libre en su planteo estético, fue concebida como una demostración de virtuosismo y es una de las más difíciles del compositor.
La primera percepción en el abordaje de Sergio Tiempo fue el tempo y la acentuación (un/dos) en el sencillo tema inicial que vertebra este formidable opus, que en otras versiones, a diferencia de la del propio compositor, suele ser presentado más lentamente y en forma de frase melódica. El arranque en un tempo vivo hace más dificultoso el pasaje en que el tema es tomado por la orquesta mientras el piano lleva a cabo rápidas figuraciones sobre dicho tema, momento en que realmente comienza la permanente transformación motívica que lo presenta dentro de una gran diversidad –y libertad- de maneras. La forma verdaderamente rapsódica del concierto lo lleva a tal transformación, que abarca motivos derivados, el mismo motivo invertido y el desarrollo de un segundo tema, introducido por el diálogo entre el piano y la orquesta luego de la figuración inicial del piano sobre el primer tema. Lo hace en una suerte de forma sonata ampliada en la que el tema inicial vuelve a ser expuesto en varias oportunidades, una de ellas en la orquesta, tras la cadencia del instrumento solista.
Lo que pareció un momento de indefinición en la intervención solista y su relación con la orquesta surgió, en dos oportunidades, durante los pasajes de comienzo del complejo desarrollo del movimiento, sin que se perdiera el hilo del desarrollo en ningún momento.
El Intermezzo-adagio no es en rigor un movimiento lento, aunque presente pasajes de esas características, sino una serie de complejas variaciones sobre el tema inicialmente expuesto por la orquesta. En ellas, Rachmaninov utiliza una gran variedad de recursos en la elaboración del tema del movimiento por el instrumento solista y la orquesta que recuerdan a los utilizados en la Rapsodia: el tema expuesto en forma más rápida y compacta, con el agregado de notas; el desarrollo de episodios tomando un intervalo de una parte; la aparición de notas que subrayan partes del tema y omiten otras  y el enriquecimiento por   la orquesta, que lo toma y expande, también de diversas maneras, todo ello a lo largo de un extenso y cambiante desarrollo que conduce y se resuelve, casi sin solución de continuidad, en el Finale: alla breve, de gran fuerza. Es una exposición de la mayor intensidad en el instrumento solista y también en la orquesta, que cuando el piano intensifica la exposición del tema inicial y lo transforma, va virtualmente cruzada con dicho instrumento. Todos los recursos son explotados en sus mayores posibilidades: la transformación motívica, la aparición de desarrollos a partir de fragmentos, la fuerza arrolladora del conjunto y la cohesión, dada en gran medida por el uso de los intervalos del tema, una cohesión que nunca se pierde pese a la diversidad de medios utilizada.
Los bises que, tras la ovación final recibió Sergio Tiempo (Chopin; Ginastera; el Joropo, de Moisés Muleiro, en recuerdo de sus hermanos venezolanos) subrayaron la versatilidad de un gran pianista, su capacidad para entrar a un estilo y a otro.
Sergio Tiempo obtuvo una excelente versión de uno de los  conciertos más difíciles, virtuosos y bellos de la literatura del género.
La Sinfonía nro. 1, en re mayor, “Titán” de Gustav Mahler (1860-1911) fue la obra abordada en la segunda parte.
Obra de una personal y cuidada elaboración, de gran riqueza formal y temática, comienza con un largo pedal inicial, con un simple motivo evocativo de lo perenne y espontáneo de la naturaleza: ecos dispersos, la fanfarria de fronteras en las trompetas, en un sonido muy tenue, los cornos, evocativos de la lejanía, hasta la introducción del tema del caminante, que marca el fin del largo pedal inicial.
Muchas serán las combinaciones temáticas en las distintas maneras de exponer un sonido de gran diversidad de colores orquestales. Intervalos de cuarta dan unidad a los distintos ecos del movimiento.
Distintos tratamientos del material se superponen en las distintas secciones del tejido orquestal: la obra no es nueva sólo en su idea temática sino en su forma y complejidad.
El nutrido último movimiento, que, en su forma ternaria ABA, con una extensa elaboración final, tomará elementos de los anteriores, está dado por un choque de fuerzas entre el tema heroico de los metales y las violentas exclamaciones de las maderas, con un episodio lento de gran dulzura. La modulación en el pasaje a la última sección  se produce a partir del motivo de la marcha fúnebre paródica del tercer movimiento y, sobre el final, es reconocible el tema del caminante y de la fanfarria lejana en las trompetas, en un horizonte musical de gran belleza de los temas y de exuberancia sonora, dada en los forte, en los registros disonantes y de enorme amplitud de secciones como los cornos, y de coexistencia de elementos diversos.
El maestro brasileño Isaac Karabatchevsky, de una tan extensa como reconocida carrera en su país y en Europa obtuvo un excelente registro de la obra de Mahler, con indicaciones que residían ya en las intervenciones que correspondían a su marca del tempo, ya liberando la marca en otros fragmentos o indicando las de una percusión nutrida en el último movimiento.
Asimismo, parte de la orquesta había intervenido en el concierto del día anterior de la Orquesta de la Asociación de Profesores de la  Orquesta Estable en el Teatro Coliseo, lo cual es un indicador de su profesionalidad.  


Eduardo Balestena




  

Concierto del ciclo de Nuova Harmonia

(Foto, Enrico Fantoni)

.Solistas: Stefano Bollani; Diego Schissi, piano
.Orquesta Asociación de Profesores de la Orquesta Estable del Teatro Colón
.Director: Carlos Vieu
.Teatro Coliseo, Buenos Aires,  13 de mayo.

La propuesta de este concierto llevado a cabo en el ciclo de Nuova Harmonia estuvo signada por varios factores: la improvisación solista; la inventiva e innovación musical; el límite, difuso a veces, entre la música popular y la académica, así como la interrogación sobre tales categorías y sobre los géneros de fusión.
El programa comenzó con Variaciones sobre Gershwin, de Stefano Bollani. Pianista; compositor con una importante carrera en Europa. Intérprete de singular presencia y carisma, desarrolló una serie de improvisaciones primero a partir de la frase inicial del clarinete en la Rhapsody in blue y luego de I got rhythm y The man I love.  Desde el inicio mostró el propósito de jugar con la solemnidad de los conciertos e iniciar éste en un marco de pura inventiva, que hizo evidente su enorme talento para la improvisación. Con la base de ostinato desarrolló a la vez líneas en que los temas eran citados, tomándose un intervalo de una frase y desarrollando una nueva línea a partir de él, para regresar al episodio inicial, incursionar en otro y volver (éste es sólo uno de sus muchos recursos).
La Obertura cubana y la Rhapsody in blue, de George Gershwin siguieron en el orden del programa. Tanto en  ciertos acentos de la orquesta, perceptibles ya en el solo inicial de clarinete, como en los pasajes del piano, el enfoque de la obra estuvo centrado en las posibilidades de fraseo de temas de sesgo jazzistico. Sin el agregado de líneas de improvisación ajenas a ella Bollani exploró estas posibilidades de la obra, las vinculadas a la libertad e irregularidad, lo que requiere de la orquesta  algo más que la cuenta de los compases en las  cadencias sino la aptitud para transitar ese discurso donde nada es esencialmente matemático.
Con secciones absolutamente  sólidas –metales, maderas, percusión- la orquesta tuvo una lucida actuación. Destacaron especialmente –entre otros- Carlos Céspedes (clarinete solista); Florencia Barrientos (percusión); Walter Mengel (trompeta solista); Oleg Pishenin (concertino); la sección de cornos y de trombones.
La extensa segunda parte estuvo conformada por las versiones, con arreglos de Diego Scchissi y orquestación suya y de Matías Scheines, de obras de tango: Milonga Triste, de Sebastián Piana y Homero Manzi; Libertango, de Astor Piazzolla; Cafetín de Buenos Aires, de Mariano Mores y Enrique Santos Discépolo; prosiguiendo con una serie de obras de Diego Schissi y una de Stefano Bollani, alternándose las formaciones de orquesta y dos pianos; dos pianos y piano solista.
En arreglos como el de Libertango, con dos pianos y orquesta lo más perceptible estuvo en el discurso orquestal; en otras instancias, la idea de improvisación en jazz abarcó la temática de tango. Las intervenciones estuvieron marcadas por pasajes y efectos orquestales, tales como el glissando en la cuerda, los colores en las maderas y la inventiva pianística, indetenible, siempre sorprendente.
En sus improvisaciones, Bollani suele tomar –con más o menos extensión- formas tradicionales, como el minué, citarlas, reiterarlas y valerse de ellas para abrir nuevos episodios y volver a la cita inicial. Los finales de sus intervenciones suelen estar marcadas por este mecanismo conclusivo, suerte de broma, cálida y respetuosa, del elemento clásico que nunca es dejado atrás ya que constituye una referencia siempre presente.
En obras como Cafetín de Buenos Aires se abre una  interesante cuestión que finca en las razones de la necesidad de llevar la obra popular al marco académico, uno que remitirá siempre a la naturaleza popular, en cuya estética alcanza una belleza y plenitud irrepetibles (llevada a otro ámbito es otra cosa). Hay una necesidad de exploración de posibilidades, ello rige para todo el postulado estético de pianistas y arregladores y de transitar de un universo a otro –el lenguaje académico y el popular- e incursionar en sus zonas de encuentro. Una idea distinta a la de Bartók, citado por el artículo de Diego Fisherman en el programa de mano, quien obtuvo una identidad única y nueva en la obra académica concibiéndola a partir del trabajo de los materiales folklóricos: la fusión está en una creación nueva donde ya no existen las categorías de lo popular y lo académico porque ambas forman parte de algo que no sería lo que es si no fuese por ellas.
En este horizonte, el talento pianístico de los intérpretes es una de los aspectos más evidentes. Baste señalar que Diego Schissi  es un compositor y arreglador que ha llevado una importante carrera en el país y en el exterior.
La pregunta es si la fusión, como idea, el tránsito de una a otra categoría musical –si es válido hablar de categorías, como lo cuestiona Fisherman- puede ofrecer algo más que el virtuosismo, la libertad formal y la sorprendente imaginación.  
Carlos Vieu ha mostrado una vez más su versatilidad como director, en una carrera que en los últimos días lo ha llevado de Aaron Copland a Beethoven; Gershwin; Piana y Piazzolla, al frente de una orquesta totalmente experimentada, en obras de importantes requerimientos formales.
Nuova Harmonia ha brindado algo que no es sólo un concierto sino un modo de experimentar la música.


Eduardo Balestena

            

Norma, en el ciclo de Juventus Lyrica


.Norma, ópera en dos actos.
.Música: Vincenzo Bellini.
.Libreto: Felice Romani
.Dirección musical: Hernán Sánchez Arteaga
.Elenco: Norma, Monserrat Maldonado (soprano); Pollione, Darío Sayegh (tenor); Adalgisa, Nidia Palacios (mezzosoprano); Oroveso, Carlos Esquivel (bajo); Clotilde, María Goso (soprano); Flavio, Jerónimo Vargas Gómez (tenor).
.Coro de Juventus Lyrica, dirigido por Hernán Sánchez Arteaga; asistente,  Pablo Manzanelli
.Dirección de escena: Florencia Sanguinetti.
.Escenografía: Marcelo Savioli.
.Iluminación, Rubén Conde
.Vestuario, Cecilia Carini.
.Teatro Avenida, Buenos Aires, 12 de mayo.


La versión de Norma de Juventus Lyrica, en su fecha de iniciación de la temporada 2017, permitió apreciar un conjunto compacto, muy bien armado en todos sus elementos.
Como obra representativa del bel canto la concepción estética parece sencilla: música en pie binario, que expone un motivo o lleva un acompañamiento de las voces, con las cuales coincide en la acentuación del tiempo fuerte; exposición de motivos breves de gran riqueza melódica y su desarrollo. Sin embargo los requerimientos son precisamente grandes por eso: nada puede fallar en ese conjunto de elementos puestos a sustentar un drama, condensado, poderoso, intenso y muy bello que funciona como un verdadero mecanismo. Por empezar, la necesidad de subordinar la técnica a un clima que la requiere intensamente y que se resentiría si algo, particularmente la voz, fallase.
La música –en ese compás- tiene un sentido marcial que lleva a las voces y en los momentos de dramatismo tal sentido marcial se convierte en intensidad de sentimientos, en una verdadera progresión que no se detiene en ningún momento. Énfasis; afinación; articulación en los pasajes hacia los registros agudos o graves de la voz –que requieren ser sostenidos en notas largas- constituyen las exigencias más evidentes y la muestra del balanceado conjunto de música y letra logrado por el talento de Bellini y Romani, gran libretista de óperas de Bellini, Donizetti y Verdi, entre otros. La cadencia de la frase no sólo hace al sentido del texto sino también a una sección musical siempre precisa y que subraya un clima.
Por un lado, se trata de una partitura con acentos enfáticos y por otro, con motivos de gran belleza que requieren una cadencia muy libre en el fraseo, como si se improvisara. El solo de flauta en Casta Diva es un ejemplo; los motivos de los inicios de aria son otro, motivos breves, de frases muy definidas, que son reiterados en oportunidades una o dos veces para interrumpirse y, en ocasiones, ser seguidos por la línea de canto mientras la orquesta lleva a cabo un acompañamiento muy leve. Suele existir una sección de respuesta que contribuye a resolver el pasaje. Se trata de un entorno sonoro que demanda claridad y cuyas imperfecciones no podrían ser ocultadas.
Las voces
Consolidadas a partir de la primera parte del primer acto, con un brillo sostenido a lo largo de casi todo el segundo, las voces lograron momentos de gran e intensa homogeneidad: uno es el dúo de Adalgisa y Norma ¡Oh rimembranza!, de segundo cuadro del primer acto; otro el trío Oh, non tremare, o perfido –Adalgissa; Norma; Pollione-.
Monserrat Maldonado mostró, en el rol de Norma un amplio volumen vocal; articulación en el pasaje a las nota graves o agudas del registro, que pudo sostener adecuadamente en casi todo un desarrollo que demanda gran resistencia; afinación y brillo en el timbre. Un ejemplo fue el aria Casta Diva, que interpreta en el primer acto, a poco de comenzar la obra, que le demanda una gran elegancia en el fraseo, en un pasaje de los pocos lentos que hay en la ópera y que demanda control del fiato; legato; sutileza.
Como Pollione, Darío Sayegh exhibió una precisa técnica que, en lugares como  Meco all'altar di Venere, le permitió sostener pasajes agudos –algo tensos- luego de otros  prolongados en ese registro, con demandantes partes en legato  hacia los agudos. También se lució en el trío del final del  primer acto, con una menor potencia vocal en el dúo del tercer cuadro del segundo acto.
Nidia Palacios interpretó acabadamente su rol de Adalgisa, con la finura de un timbre que tuvo mayor claridad en la zona aguda y media del registro, con momentos tan logrados como los duetos con Norma, donde era claramente apreciable el intervalo de ambas voces (Deh! Con te li prendi), así como en el trío Oh, non tremare, o perfido.
También destacable fue el desempeño actoral de los cantantes.
Luego de su intervención inicial Carlos Esquivel fue consolidándose en el rol de Oroveso, con una voz de gran peso, audible aun en el conjunto, le dio al papel densidad. También como cantantes de una ya importante trayectoria, María Goso –que encarnó, con su voz de particular dulzura a Micaela en Carmen- y Jerónimo Vargas Gómez cumplieron acabadamente con los papeles de Clotilde y Flavio, confidentes, ayudantes de la acción central.
Coro y orquesta   
Distinguibles sus distintas cuerdas, intercaladas en el conjunto, el coro fue absolutamente homogéneo en su sonido grupal. Le caben intervenciones nodales en la obra: un coro la abre: Dell'aura tua profetica y es el coro, en una bellísima sección de pregunta y respuesta, quien interpela a Norma en el último cuadro del segundo acto. El llamado a la guerra es otro de los vibrantes pasajes de conjunto.
Asimismo, la orquesta destacó tanto en la belleza del fraseo de determinados pasajes, como en la cohesión del conjunto, con un sonido preciso, afinado, sin desajustes.
La Puesta
Belleza visual; sencillez y practicidad son los postulados más visibles de una puesta que –que en el marco de un conjunto muy cuidado en cuanto a los movimientos en escena- unificó los distintos ámbitos en los que transcurre la acción en uno conformado por distintos planos de piedras, evocativas de los dólmenes y su permanente misterio, que se adecua, con mínimas intervenciones, a las peripecias de la obra.
En este paisaje seco y austero cobra significancia la luz, el movimiento cuidado en la escena, el vestuario y el maquillaje, todos elementos que construyen los diferentes climas. Un momento muy logrado es el de la invocación a la luna, cuya imagen, tan misteriosa como la de los dólmenes, se alza detrás de éstos. La música, por otra parte, ya de por sí connotaba sentimientos que la proyección no necesitaba subrayar –puntualmente en lo referido a los hijos de Norma-.
Florencia Sanguinetti logró una puesta distinta e inteligente, que en absoluto se basa en agregados externos al sentido del drama sino en que éste discurra en un espacio indefinido, hecho de objetos y climas puntuales –no se trata de agregar sino de elegir- donde la acción sucede.
Apoyada en el conjunto de sus elementos y en el cuidado en cada uno de ellos, Juventus Lyrica presentó una muy lograda versión de Norma.


Eduardo Balestena

  

martes, 5 de julio de 2016

De Liszt a la línea del canto: reportaje a José Luís Juri


Concertista de piano; docente; promotor cultural, la conversación con José Luís Juri es intensa, amable y rápida, gracias a su simpatía innata; espontaneidad;  sus experiencias e ideas. Su habla oral es precisa, cálida y organizada como su interpretación al piano: no agrega nada superfluo, no hace digresiones ni se enfoca en sí mismo y es tan acabada que recuerda a la lectura de un texto bien escrito.
Con una especial fascinación por Mar del Plata, ciudad a donde fue traído por primera vez con pocos días de vida y con cuya Orquesta Sinfónica se presentó, con el concierto nro 3 de Beethoven hace unos cinco años. Regresó por la invitación del maestro Diego Lurbe para interpretar el concierto nro 2 de Liszt.
-EB “Este está siendo un 2016 intenso. Venías de hacer este concierto en Mendoza y también hay otras actividades y proyectos en el país y el extranjero.”
-JLJ “Sí, entre recitales y conciertos con orquesta, este segundo de Liszt que hice en Mendoza y ahora aquí y luego me voy a Egipto a hacer el Concierto de Ginastera.”
-EB “Ya habías estado en Egipto, con el auspicio de la Cancillería Argentina.”
-JLJ “El auspicio de Cancillería Argentina permitió hacer un recital en Egipto, a fines de 2014.
Antes del debut con el concierto de Ginastera tengo en el Colón, el 25 de noviembre, Las bodas de Stravinsky, para cuatro pianos, con un grupo muy bueno de pianistas, como Eduviges Picome; Marcelo Ayub e Iván Rutkauskas. También tendré presentaciones en el CCK, un recital de cámara a dos pianos con el pianista francés Pierre Blanchard y presentación de Santiago Kovadlof , un excelente disertante y presentador, que ya una vez presento en el Festival de San Isidro el cuarteto de Messiaen”.
-EB “Qué repertorio es el que preferís hacer con orquesta; qué repertorio te gusta y cómo es la preparación para una obra.”
-JLJ “Es un proceso largo porque uno llega al primer ensayo luego de mucho tiempo de estudio, no es algo que se improvise y la obra necesariamente termina de estudiarse en el escenario, porque se trata de un diálogo con los instrumentos que requiere la medida de lo necesario para ese diálogo. A veces uno, en el estudio solitario disfruta de  líneas o de sonoridades que luego no tienen correspondencia con la orquesta. La orquesta implica tocar con una sonoridad mucho más amplia, con trazos más definidos, doblando otros instrumentos o completando la línea. Hay pasajes en que la línea armónica la hace la orquesta y lo que uno tiene que ponderar es la línea melódica, el canto; hay cuestiones tímbricas o de pedal y todo eso se va elaborando de a poco.
En mi caso creo mucho en la formación de un repertorio propio. Los pianistas tenemos que tener un número limitado de conciertos porque es un trabajo que lleva mucho tiempo, entonces uno tiene que resignar cantidad de repertorio por calidad. Es una receta que a mí me ha servido: tener un número limitado de obras a las que pueda volver cada vez con mayor autoridad”.
-EB “Luego volveremos sobre qué obras conforman el repertorio pero cuánto tiempo lleva la preparación de un concierto, si es que esa es una medida válida”.
-JLJ “Depende de la obra. No olvidemos que la memoria debe ser impecable, entonces se tiene que estar realmente muy seguro. Uno no puede hacer experimentos en esto. Generalmente no toco la obra durante el mismo año en que la estudié; hay un proceso de maduración. Estudio una obra y seguramente la programo para el año siguiente, ofreciéndola a los directores de orquesta luego de una temporada de preparación personal.
Hay conciertos que son mucho más arduos que otros. Por ejemplo el Liszt que hago esta noche digamos que es un concierto que requiere no sólo una preparación musical sino también mecánica, muscular, de respiración.”
-EB “Es muy preciso”.
-JLJ “Muy preciso y de sonoridades muy amplias. No te olvides que hay muchas marchas, es muy marcial, hay muchos instrumentos de viento, casi una orquestación a veces de banda. Lo marcial toma un valor muy importante, la orquestación es muy dura, muy fuerte, el piano no tiene que ahorrar energía, al contrario, hay que desplazarse con todo el cuerpo en el instrumento y eso es algo que no se improvisa y es muy estimulante. Es un concierto que dura algo más de veinte minutos en una sola parte. No hay pausas, no hay adagios, el piano toca siempre. Aun en los momentos líricos el piano tiene arpegios, secunda la línea melódica hecha por el violoncello, entonces convengamos que la presencia del pianista, la autoridad del pianista tiene que ser muy de primera y eso se conquista, si no es así no se puede hacer.
-EB ”No hay lugar para flaquear”.
-JLJ “Para flaquear no, no se puede, hay que renunciar a hacerlo. Uno tiene que estar convencido de que lo puede hacer”
-EB “El dominio formal de la obra es una parte. Después está el hacerla con la orquesta”.
-JLJ “También es importante que las grandes obras se estudien de joven, para llegar a la edad madura con un profundo conocimiento. Las grandes obras para piano y orquesta conviene estudiarlas a los veinte años, a los treinta. El corpus, la mayoría del repertorio se elabora en esos años. Lo que no quiere decir que no pueda incorporar otras obras; el año pasado debuté el Poulenc con la orquesta, este año debuto el Ginastera. Siempre es posible agregar obras, pero los grandes conciertos clásicos generalmente uno los estudia de joven porque así se los puede disfrutar de otra manera. Si no, no será posible sentirse cómodo”.
-EB “Que otros conciertos clásicos te gustan, además del tercero de Beethoven que hiciste acá la última vez”.
-JLJ “El de Beethoven lo hice el mes pasado en Europa y el año pasado hice el primero de Chopin. Los directores lo aceptan poco porque la orquesta tiene un rol secundario, pero es un concierto que amo. Otro que hice fue el de Schumann, el opus 54, un concierto maravilloso. El de Mozart, en do menor, el 24; el tercero de Bartók; hice el segundo de Rachmaninov, lo hice un par de veces; la Rapsodia sobre un tema de Paganini. Una obra muy bien escrita donde luce mucho lo que el pianista hace pero en realidad, mecánicamente, en lo personal, le tengo más confianza que al concierto.
Después hice conciertos de cámara, el concierto en re de Haydn y otras, pero insisto, hay cinco o seis a los que vuelvo y estoy feliz de hacerlos para llegar con una mayor autoridad”
-EB “Hablemos de la Sonata para Dos Pianos y Percusión de Bartók, una de sus obras mayores y quizás más complejas.
-JLJ “Una gran aventura. Esa sonata la hemos hecho tres veces con Fernanda Morello y los percusionistas de la Orquesta Estable del Teatro Colón. Posiblemente la repitamos. Tenemos la intención de ofrecerla nuevamente. La creación de un grupo estable ha sido muy importante. Que seamos siempre los cuatro músicos que volvamos a la obra y que la obra se vaya madurando a lo largo de ensayos y funciones.
Son trabajos que no sólo requieren conocimiento musical sino  una musculatura forte, una buena salud, un desplazamiento por el piano muy muscular, muy intenso. No puede haber poca energía y no se puede tocar simplemente desde el intelecto. Tiene que haber una energía física, aprender a respirar, tener la columna en orden. Hay que cuidarse mucho y estar muy bien de salud, como en obras de piano solo como la Sonata en si menor de Liszt o el Gaspar de la Nuit.
-EB “En obras como la sonata de Bartók debe haber un entendimiento muy estrecho entre los intérpretes: son cuatro personas que deben ensamblar elementos muy diversos y en el caso de los percusionistas, utilizar una batería de instrumentos”.
-JLJ “Si, es así. Te puedo garantizar que en un primer ensayo es muy difícil comprender todo. Esa es otra obra que termina de estudiarse en el escenario. En tu casa no podés tener la experiencia total. La primera vez que la hicimos nos reunimos con Fernanda Morello, cinco, seis o siete veces, no recuerdo, solamente los dos pianos. La percusión se reunió sola varias veces y recién ahí hemos unido todo en el ensayo. Requiere muchos ensayos porque es muy difícil entender todo. Acústicamente lo es. Yo hago el primer piano y recuerdo que la primera vez me ensordecía la percusión. No sabía realmente qué estaban haciendo los otros. Luego hay un espacio mental en el que vamos comprendiendo los pulsos que corresponden a los otros instrumentos y los propios. A partir de ese momento es más fácil, pero en un primer instante de descubrimiento  la obra es muy compleja.
Se formó un hermoso grupo y hace unos días hablábamos de repetirla. No es fácil ni barato porque requiere dos pianos de cola impecables, que tienen que ser iguales y el instrumental de percusión completo. Por eso hay que agradecer cada vez que se la puede hacer.
-EB “y también hacés el nro, 3 de Bartók”.
-JLJ “Sí, y con esa obra también juega la cantidad de ensayos, la posibilidad de la orquesta de leerlo y hacerlo. Hay factores como los derechos de autor de las obras del siglo XX y luego está la necesidad de tres o cuatro ensayos por lo menos. La vida del pianista tiene todo eso para comprender y para conocer. Para que haya disfrute en el público tiene que haber un enorme trabajo arriba del escenario, de la orquesta, de los técnicos.
Es tan difícil que parezca fácil. Cuando alguien del público te dice lo bien que lo pasabas en el escenario, con los ojos entrecerrados, distendido ahí se puede decir misión cumplida porque en realidad eso no fue tan así: es el resultado de un largo proceso.
-EB “Cómo nació tu vocación por el piano, fue algo temprano, el producto de una decisión o qué la desencadenó”.
-JLJ “Siempre tuve vocación por el piano. A los cuatro años empecé a estudiar, le dije a mi mamá que iba a ser pianista; ella me dio una serie de alternativas de profesiones pero yo sabía que iba a ser pianista”.
-EB ”Venís de una familia de músicos…”
-JLJ “De familia musical. Mi mamá tocaba muy bien el piano. Yo la escuchaba estudiar. Mis tíos por línea materna cultivaban la rama del folklore. Teníamos un tío músico en Italia. Todos en mi familia incursionaron en la música aunque después no se hayan dedicado profesionalmente.
A mi madre debo agradecerle que siendo chico y manifestando un interés tan grande por la música me haya llevado al Teatro Colón y a los conciertos ya desde los tres, cuatro años. Iba a la ópera a los seis, siete, así como hago yo con mi hija ahora. A esa edad ya tenía un bagaje musical grande.
El amor al piano está en la personalidad. Los chicos que se dedican al piano son chicos que aman sentarse a hacer algo en quietud y soledad, en silencio y esa coordinación que se requiere para hacer cosas distintas con cada mano en un teclado hay que ganársela. No se puede comprar. Es como la musicalidad, el entender qué significa lo que uno está leyendo también. Todos deberían tener su arte para cultivar.
-EB “Se requiere una condición especial o basta con una disciplina de trabajo.”
-JLJ “Los chicos, en general, no tienen una noción clara de lo que significa ser un bailarín o un concertista de piano o de violín pero yo creo que hay que llevarlos, hay que familiarizarlos con eso. Creo que es muy cómoda esa posición de decir si no me lo pide quiere decir que  no lo desea. Soy profesor en el conservatorio y hay muchos chicos que recién se dan cuenta de cómo organizar su estudio musical cuando tienen 17, 18 años cuando ya la mano está hecha y ahí se dan cuenta de que para esta profesión están contra reloj porque hay una década para cultivar la mano, la lectura, la cultura musical.
La infancia es la época ideal para comenzar, yo lo hice a los cuatro pero un  chico que comienza a los nueve, diez años también tiene todas las oportunidades del mundo, pero que no pase de la infancia. Es una misión de los padres llevar a los chicos a la pintura, al teatro, a la música y serán ellos quienes puedan elegir o no una disciplina artística.
Empecé e llevar a mi hija a danza pero ahora le interesa la pintura, quiere más clases, ir al museo de bellas artes. Le interesa lo visual. Es un camino de exploración y no se lo negué. Formar a una persona que tenga sus gustos, sus preferencias, sepa comprar un disco o elegir un concierto. Transmitir, devenir en un ser humano más  expresivo. La gente que cultiva las artes tiene una gestualidad, un bagaje de imágenes en su cabeza.
También es eso, formar seres humanos más agradables, más plásticos, más expresivos.
La conversación giro luego nuevamente hacia Chopin.
-JLJ “La música de Chopin tiene niveles de comprensión. Siempre lo amé y estuve muy a gusto tocando su música, pero en los últimos años comencé a notar que hay muchos secretos que van más lejos que aquello que es posible percibir inicialmente: en la gradación armónica y el modo en que él plasma el bel canto en el piano y los secretos del canto, los secretos de la respiración, de la voz humana, que son fundamentales. El conocimiento de la respiración, el del melisma, el de abbelimento del canto, de la fioritura. Todo eso hace algo tan mágico. La Armonía es tan fabulosa. Chopin pertenece a la Europa  oriental, entonces trabaja con la escala menor armónica, la segunda aumentada, con armonías tan antiguas, tan lejanas.
El gran mérito de Chopin es llevar el bel canto al piano, es lo que hizo Mozart, que llevó el teatro cantado al piano, aun en las sonatas. La línea de Chopin es la de Mozart, que es la de la Europa del Sur, la línea mediterránea. Mozart, Chopin, son estéticamente del sur de Europa, de la cantabilidad de la ópera. No tienen nada que ver con la tradición del norte, que es la del coro y del cuarteto de cuerdas. Esa es la gran diferencia entre tocar Schumann y Chopin, que son contemporáneos. Schumann está siempre aferrado a la tradición germana del cuarteto: Brahms, Beethoven, la línea del cuarteto, la del norte de Europa, la línea del coro, de la tradición ya medieval del coro y del cuarteto de cuerdas, que es la prolongación del coro y eso hace que la línea de canto sea el emergente de un bajo, el emergente de voces inferiores. La línea de canto de Chopin, como la de Mozart antes, es todo lo contrario, es la primera expresión de la respiración y todas las voces inferiores son prácticamente acompañamiento. Por eso Chopin parte más de Mozart que de Beethoven, de toda esa línea del sur de Europa de la época, así como Schumann y Beethoven parten de la línea del norte de Europa.
Cuanto más pasa el tiempo más me enamoro de esa línea de la pura cantabilidad, de expresarse a través de la respiración.
Hay una vida para seguir evolucionando, uno estudia hasta el último día.
Nuestra extensa conversación concluyó, bastante después, con el Festival de San Isidro, del cual es organizador y que nuclea, anualmente, durante Semana Santa a distintos intérpretes destacados y que constituye un espacio que requiere que en alguna oportunidad lo tratemos especialmente.

La música es un contacto, una revelación permanente y sus intérpretes nos la ofrecen y pueden darnos una clave para comprenderla mejor, para hacerla más íntima y para revelarnos que, ciertamente, hay una vida para seguir evolucionando y que uno estudia –o descubre- hasta el último día.   

La Orquesta Sinfónica Municipal con José Luís Juri


.Orquesta Sinfónica Municipal de Mar del Plata
.Dirigida por el maestro Diego Lurbe
.Solista: José Luís Juri, piano
.Teatro Municipal Colón, 2 de julio

La Orquesta Sinfónica Municipal se presentó con su director titular, el maestro Diego Lurbe, con la actuación solista de José Luís Juri en piano.
La Marcha húngara, de Héctor Berlioz (1803-1869) abrió el programa, que prosiguió con el Concierto para piano nro. 2 en la mayor, s 125, de Franz Liszt (1811-1886. Escrito hacia 1863 el segundo concierto de Liszt consta de solo y extenso movimiento, articulado en seis secciones está concebido dentro de la técnica de la variación temática y en una textura muy cerrada entre el instrumento solista (que en varias oportunidades sirve de acompañante) y la orquesta que con frecuencia presenta o desarrolla los temas que pasan al piano y de éste nuevamente al dispositivo orquestal.
Las demandas técnicas tienen que ver con esa exposición continua, que literalmente no da respiro, lo cerrado de esa textura, en la cual la melodía pasa alternativamente del instrumento solista a la orquesta, lo mismo que el aspecto armónico y el balance entre la orquesta y el piano. El solista debe tocar muy fuerte en determinados lugares –como en el final- ante una orquesta en forte.
Por momentos marcial y enérgico, por momentos discurriendo en motivos delicados y dulces –sin grandes desarrollos melódicos- como en el dueto entre el piano y el cello en una de las secciones, es una obra de exactitud.
Jose Luís Juri cuanta con una extensa carrera nacional e internacional –que lo ha llevado a actuar en Túnez; Egipto; Suiza;  además de países de Latinoamérica como Cuba; Brasil; Perú y México y en distintos festivales, entre otras experiencias. Su repertorio incluye trabajos tan demandantes como La sonata para dos pianos y percusión de Bela Bartók, que interpretó junto con Fernanda Morello y percusionistas de la Orquesta Estable del Teatro Colón de Buenos Aires, en el ciclo de Intérpretes Argentino de ese organismo –y en otras ocasiones- ; o uno de los Conciertos para piano nro 3 de dicho compositor, entre muchas otras. Con nuestra sinfónica interpreto el tercer concierto de Beethoven con el claro de luna de Debussy como bis.
 En esta oportunidad, con una versión más consolidada respecto al ensayo general de la mañana, fue lograda una interpretación homogénea y precisa –sin desfasaje alguno en una estructura realmente cerrada- donde lugares como el dúo entre el piano y el cello que, junto con intervenciones como al de corno solista cerca del comienzo, rompen cierta sequedad de un discurso musical proclive a la sola rapidez o la energía y que carece, en varias de sus secciones, de suavidad y belleza melódica. Que ello haya sido logrado luego del ensayo del viernes y del general del sábado habla de la profesionalidad del solista, el director y la orquesta.
La fantasía Kamarinskaia de Mikhail Glinka (1804-1857) fue abordada en la segunda parte. Iniciador del nacionalismo romántico ruso en la música Glinka tomó esta danza popular rusa como base de su composición, escrita en 1843.
Glinka lleva esta forma a la orquesta y la trata con singular riqueza en la orquestación: los motivos danzantes discurren en rápidos pasajes en las cuerdas, en algunos lugares en forma contrapuntística; o en las maderas. Los motivos danzantes, vivos y repetitivos con una enorme gracia y maestría hacen de la fantasía un trabajo brillante e imaginativo.
El poema sinfónico Los Preludios, de Franz Liszt cerró el programa. Terminado en 1851 y basado en un poema de Lamartine sobre cuyas cuatro secciones estructuró el programa de la obra. El uso del arpa, de los pizzicatos en la cuerda, sigue a las referencias del texto que habla de la lira o al arpa. Lo mismo las trompetas. La obra se abre con un prólogo cuyos elementos son utilizados en la coda final.
Con obras no frecuentes en su repertorio y prosiguiendo con la temática de autores rusos la orquesta se lució, particularmente en la segunda parte, con una cuerda homogénea, un sonido cuidado; una sección de maderas siempre sólida y una línea de metales que se destacó particularmente en el final de Los Preludios.
La dirección del maestro Diego Lurbe es siempre clara, exacta y pendiente de las entradas. Uno de los ejemplos fue la cuenta de los compases del piano para calcular las entradas de la orquesta, en el intrincado segundo concierto de Liszt y otra el trabajo previo que permitió el abordaje que hubo de un repertorio no frecuente.
Destacaron especialmente Federico Dalmacio (cello); Mario Romano (clarinete) y la sección de metales.  



  
  
      



jueves, 16 de junio de 2016

Dido y Eneas en la Temporada Lírica del Teatro Colón


.Dido y Eneas, ópera en un prólogo y tres actos
.Música: Henry Purcell (revisión de Attilio Cremonessi)
.Libreto: Nahum Tate, basado en el libro IV de La  Eneida , de Virgilio
.Dirección musical: Christopher Moulds
.Orquesta Akademie für Alte Musik, Berlín
.Coro Vocalconsort Berlin,
.Dirección del coro: Kai-Uwe Fanhert; Markus Schuck
.Solistas: Dido, Aurora Ugolin (mezzosoprao), Yael Schnell, Michal Mualem (danza); Eneas: Reuben Willcox, (tenor) Virgis Puodziunas (danza); Belinda, Debora York (soprano); segunda mujer, Céline Ricci (mezzosoprano), María Marta Colusi (danza)   
.Dirección artística y coreográfica: Sasha  Waltz
.Dirección de iluminación: Thilo Reutner
.Diseño de vestuario: Christine Birkle
.Teatro Colón de Buenos Aires, 12 de junio.

Las categorías comunes de abordar una ópera no resultan suficientes ante esta realización que propone al mismo tiempo que una ruptura la vuelta a postulados que el barroco desarrolló en su siglo y medio y medio de vigencia.
La música
Dido y Eneas pertenece a la estética del barroco medio; es dable recordar que el término fue acuñado –peyorativamente- al final del período (las referencias a su significación son varias) cuando se iniciaba el pre clacisismo.
En lo que a la postulación se refiere la obra (que incorpora además desarrollos de la ópera francesa e italiana) obedece al cambio de temática de las escenas pastorales a los temas mitológicos que se produce cuando, por influencia de la ópera romana, el público que paga puede acceder al espectáculo y no sólo la nobleza.
Tal como lo plasmó un ensamble tan  notable como la Orquesta Akademie für Alte Musik de Berlín, a diferencia del barroco bajo, en Dido y Eneas, obra absolutamente inspirada, sin aditamentos ni juegos de puro efecto, se percibe claramente el tratamiento armónico, particularmente los intervalos en que interviene la cuerda (violines primeros; segundos; violín bajo; cello) en un tejido que confiere espesor y a la vez hace más delicada una línea melódica que tiene rasgos muy propios. Bajo esa línea de exposición melódica discurre al continuo –por así llamarlo- (clave; percusión: tiorbas; viola da gamba) en una línea libre y fluida con un valor que va más allá del solo acompañamiento.
Dentro de este esquema concertado, atraído –a diferencia del barroco bajo- ya por un centro tonal gravitante, el elemento temático no obedece tanto a secciones de tensión- distensión sino al planteo de motivos sencillos que se reiteran –en el canto, por ejemplo en pasajes de Belinda, lo hace a alturas levemente diferentes- generalmente dos veces; surge a partir de ese material, levemente modificado, una sección intermedia para volver al motivo inicial. Tal recurso tan sencillo en el que discurre casi toda la obra es de gran efectividad precisamente por la inspiración melódica (melodías suaves, delicadas y de enorme belleza) y el tratamiento armónico. Ello dado en la permanente fluctuación de la intensidad dinámica: las microdinámicas, que hacen que la intensidad varíe a veces en el curso de una misma nota larga, lo que le confiere un singular relieve y sensación de movimiento, subrayada por el uso de los rallentandos: esos instantes en que luego de una frase y cuando esta decrece su intensidad al finalizar, el  discurso se demora hasta proseguir, generalmente con otra intensidad y que fue uno de los grandes aportes que le dio el maestro Moulds al lenguaje, asumiéndolo no como algo fijo y dado sino como una permanente posibilidad expresiva.
Un ejemplo fue el bellísimo arioso suerte de intermedio al tercer acto: ante una sección interrogativa, en intervalo ascendente de la cuerda, con un desarrollo, (elemento que se reitera) le sucede la correspondiente sección descendente y luego otro desarrollo basado en el primer motivo: es uno de los lugares más hermosos de la obra.
Partes como las chaconas, abordadas por tiorbas, con ese aire de improvisación y esas voces tan amalgamadas, o la del violín solista en el escenario, con a su vez una riqueza rítmica muy grande y en permanente cambio, fueron muestra de la originalidad y belleza de un lenguaje que parece apelar siempre a los improvisado y  sorpresivo y hacerlo desde un sonido muy depurado. En tiorbas (con 14 cuerdas) con una frecuencia de unos 415 hz en el la –es decir, sensiblemente más baja que en la orquesta actual- se puede aspirar a un temperado intermedio. Ello hace a cierta indefinición tonal que le confiere a ese sonido una cualidad especial –íntima y cálida- que no podemos encontrar en nada más.
El violín barroco, sin micro afinadores, con arco más corto, también brinda ese sonido tan reconocible: menor volumen, mayor ancho sonoro en un sonido nunca incisivo, que generan esa sensación de cercanía tan propia de obras del período.
Gradaciones; matices; relieve; belleza sonora fueron elementos del discurso musical muy vivo y refinado de la Orquesta Akademie für Alte Musik de Berlín y el maestro Christopher Moulds.
Voces y coro
 El canto sin vibrato en cuyas líneas el requerimiento de volumen parece secundario a favor de la intensidad de un sentimiento interior de los personajes, con hechos externos mínimos, hace más expresiva la propia belleza de las frases en sí misma: en tal sentido, la Belinda de Debora York fue una de las voces más impactantes: claridad sin excesivo volumen; un fraseo perfecto y musicalidad. Aurora Ugolin, entregó un timbre de mezzosoprano algo oscuro que dio a su personaje un sentido de permanente desgarramiento. El tenor Michael Bennet compuso su Eneas en un registro claro y potente. La mezzosoprano italiana Céline Ricci (segunda mujer) mostró su timbre claro, enérgico y dulce a la vez.
En un plano vocal diferente, la hechicera y espíritu (Fabrice Mantegna; Michael Bennet) llevan una línea áspera  que connota la presencia del mal.
Renglón aparte merece el coro: por la paleta de voces, todas distinguibles en las diferentes cuerdas, dando espesor a un canto que nunca es el mero acompañamiento o comentario de las peripecias sino un elemento musical imprescindible. También es destacable por las distintas posiciones adoptadas: junto al ensamble; danzando en el escenario; en la platea, sin que este movimiento permanente alterara en lo más mínimo la claridad de la emisión y que en todo momento correspondió al las variaciones dinámicas propias del discurso musical.
La puesta
Ha sido asumido por Sasha Waltz del barroco su espíritu creador.
Más allá de que movimientos de danza contemporánea no parezcan vinculados a la obra sí lo está al período el permanente juego con lo novedoso, el movimiento y la exploración.
Ya la ópera francesa había desarrollado el ballet de cour, forma de entretenimiento organizada constituida por el canto y la danza y Purcell incorporó elementos de la ópera francesa; vale decir que hay un espíritu de amplitud estética que va más allá de formas definidas y que llevó a algunos excesos. Tras las reformas de Zeno y Metastasio en Viena se estableció la supresión de elementos desvinculados a la acción y fantásticos y la unidad de tiempo y lugar.
De este modo, es válido utilizar este espíritu en la medida en que sea funcional a la obra en sí.
Con excepción de la algo extensa pantomima que cierre el primer acto y el largo pasaje danzante que le sucede (que concluye son el sorpresivo hundimiento en un hueco del piso del bailarín Gyung Moo Kim en un efecto sorprendente) todos los elementos, aunque parezcan dispares, tuvieron esa funcionalidad.
El primero de ellos es la danza en el espacio acuático –fue muy lograda en tal sentido la iluminación de Martin Hauk y Olaf Denisen-  siguiendo, como si pudiesen oírla, las mínimas inflexiones de la música; un ámbito que iba vaciándose a medida que los bailarines, siguiendo a las entradas del ensamble, iban abandonándolo.
El desdoblamiento de personajes –los cantantes tienen un alter ego danzante- permite expresar aquello que el canto significa en una obra con intervenciones breves que no permite, más allá del canto, un amplio despliegue de hechos que permitan expresar esos sentimientos. Tal recurso sería redundante si no fuera planteado con tanta belleza: en efecto, al final, Yael Schnell y Virgis Puodziunas, sostenidos por otros bailarines en una postura horizontal, estirando sus manos intentan tocarse sin conseguirlo en lo que constituye una de las imágenes de mayor poder expresivo y de síntesis de la obra.
También interesante es el canto del coro y de los solistas mientras bailan o forman parte de una formación danzante, como en el final: las fronteras son borrosas, se expanden, se tocan y se sintetizan.
El coro dispuesto en grupos, en el escenario, dividiendo las secciones de canto, o esos bellísimos cuadros de bailarines cuyas manos parecen florecer, son imágenes tan originales como bellas y poderosas.
No me propongo repetir los muchos antecedentes artísticos de  Sascha Waltz sino sólo señalar que no es responsable de una puesta operística sino de una experiencia que rompe nuestro modo de percibir, codificar y juzgar la ópera en favor de experimentarla de una manera creativa e impactante.    

  

domingo, 22 de mayo de 2016

Fidelio en la temporada lírica del Teatro Colón


.Fidelio, ópera en dos actos, opus 72 b de Ludwig van Beethoven
.Texto de Joseph Sonnleithner y Friedrich Treitsche
.Leonora: Carla Filipic Holm
.Florestán: Zoran Todorovich
.Don Pizarro: Homero Pérez Miranda
.Rocco: Manfred Hemm
.Marcelina: Jaquelina Livieri
.Don Fernando: Hernán Iturralde
.Jaquino: Santiago Bürgi
.Orquesta Estable del Teatro Colón
.Coro Estable del Teatro Colón
.Director musical: Francisco Rettig
.Director del Coro: Miguel Martínez
.Director de escena: Eugenio Zanetti
.Teatro Colón de Buenos Aires, 20 de mayo.

Fidelio se encuentra asociada a varios preconceptos: el de ser la única opera de Beethoven, compositor esencialmente instrumental que no escribía pensando en la voz; que debió salvar el poderoso influjo de Mozart  independizarse de él y que su proceso de gestación es un indicador de las dificultades que supuso al compositor. No obstante, va mucho más allá de estas circunstancias.
Concebida con dos partes diferenciadas: un primer acto en forma de singspiel y un segundo acto dramático que culmina con el triunfo de la libertad, es una ópera absolutamente inspirada, sin efectismo, con líneas de canto, tríos, duetos y cuartetos de de una enorme belleza y un llamado a la libertad, un call to arms  similar al del estallido final de la quinta sinfonía. Como concepción, se distancia del bel canto y confiere a la música un papel muy distinto, a la vez que exige voces acordes al ideal dramático: claras, potentes, parejas e intensas no en el efecto sino en la expresión.
La música
Sin el sentido imperativo y compacto  de los arranques beethovenianos, con un sonido que en algún sentido recuerda a Fürtwangler, el tempo lento que implica que los acordes no sean tajantes, enérgicos y que presenta casi como sucesivo lo que debería ser simultáneo, lo que fue dable apreciar particularmente en la cuerda, resintió fuertemente el discurso musical desde el inicio.
Lo mismo puede decirse de la obertura Leonora III que fue incluida antes del segundo acto.
La orquesta fue eficaz en el acompañamiento de los cantantes, lo que permite apreciar tanto la importancia que Beethoven dio a la música como parte del drama como el propio valor musical.
Las voces
La soprano Carla Filipcic Holm destacó en el rol de Fidelio/Leonora en toda su tesitura en un rol dramático que requiere gran claridad, proyección, fortaleza vocal, expresividad y manejo del idioma. Su dominio de estos elementos es total. Con una articulación perfecta en los francos y netos pasajes ascendentes hasta los agudos –que sostuvo prolongadamente y sin claudicación-, una definición siempre clara y una expresión que nunca fue relegada por su técnica, compuso a un Fidelio/Leonora acorde a las exigencias de soprano dramática en un papel para el cual estos elementos lo son todo: no hay duda de que es una ópera de soprano, centrada en un solo y gran personaje al cual Carla Filipcic Holm le confirió una carnadura absoluta.
En este contexto, el personaje de Florestán, que sólo aparece en el segundo acto, funciona como el elemento que permite el despliegue de Leonora; no obstante le están reservados partes como el bellísimo dúo con Leonora y el largo pasaje inicial. Zoran Todorovich no estuvo a la altura de Carla Filipcic Holm en este pasaje. De claro fraseo y articulación, mostró un timbre opaco y una insuficiencia en el volumen de la emisión y un discurso plano, sin la pasión y el lirismo del personaje.
Como Don Pizarro, el bajo barítono Homero Pérez Miranda compuso a su personaje con mucha eficacia en lo actoral. Con fraseo muy cuidado y un timbre claro y definido –particularmente en los agudos- y un déficit de claridad y volumen particularmente en el registro medio y en el bajo, restándole convicción a un rol que representa el mal y la opresión, en oposición al ideal de libertad.
En su papel de Rocco Manfred Hemm mostró su voz grave, potente y clara en los pasajes de diálogo de singspiel del primer acto; muy convincente en lo actoral, su profunda voz confirió a su personaje ese doble carácter servil, bondadoso que debe estar al servicio de la opresión. Mostró una línea de canto absolutamente clara, natural y potente.
Marecelina Livieri compuso a una Marcelina totalmente espontánea, a la que cabe la ingenuidad y la entrega amorosa, en una línea de canto de mucha musicalidad, balance y continuidad en el cuidado fraseo que mostró en su larga intervención del primer acto (O wär ich schon mit dir vereint - "Si sólo yo estuviera ya unida a ti”, escena III).
Hernán Iturralde compuso a su personaje de Don Fernando con su voz potente, clara, con un fraseo perfecto y una proyección que permitió apreciar todos los matices de un papel que si bien es breve le cabe la función dramática de resolver la situación de injusticia.
Como Jaquino, Santiago Bürgi mostró su convicción y un fraseo bien articulado, con un déficit de claridad y volumen que lo hizo escasamente audible en pasajes grupales.
La falta de homogeneidad en los registros lesionó pasajes grupales que se sostuvieron por la belleza de la línea de canto y la música.
El coro
Junto con la línea de canto de Leonora/Fidelio, el coro fue lo mejor de esta versión, con el bellísimo coro de prisioneros del primer acto y el final  (Heil sei dem Tag! - "¡Saludad al día!"). Potencia, proyección, musicalidad, afinación, homogeneidad fueron elementos de una línea llena de relieves. Al coro le cabe llevar acabo su intervención muchas veces en movimiento, sin la referencia vocal próxima de otro coreuta de la misma cuerda, lo que  habla del control, precisión y conocimiento de la partitura para lograr un todo absolutamente sin fisuras y con el control dinámico que requieren los matices de los pasajes
La puesta
Nuevamente se plantea a la puesta como una “renovación de conceptos” que termina por subordinar los aspectos musicales a la concepción de un artista puesto a descubrir posibilidades de una obra que de otro moto permanecería “quedada en el tiempo”.
Uno de los postulados es que la libertad es una cuestión que va más allá de un tiempo y lugar. Así, los uniformes españoles de una época difícil de discernir conviven con fusiles; municiones; una soldadora eléctrica; banderas con los símbolos de la falange y hasta con el Ford A devenido en tanqueta en que hace su aparición Don Pizarro. También los símbolos de la Alemania nazi se suman (como no podría ser de otra manera) con la imagen de Germania, orbe que Hitler había proyectado con Speer. El resultado es efectivo: la sensación de pesadez y agobio es abrumadora (en ello recuerda mucho a la versión de Ricardo III de Richard Loncraine, 1995, con Ian Mc Ellen).
Incluso daría la sensación que  obertura Leonora III fue incluida –antes del segundo acto- para posibilitar estas proyecciones que saturan al espectador.
Marcelina debe cantar izada en una especie de gigantesco subibaja, a una altura cambiante, que llega a ser considerable,  sobre el escenario, su bellísima aria del primer acto sin que sea entendible el propósito de tal recurso y se su correspondiente artefacto.
Otro de los postulados es el de la pura literalidad: si el personaje sueña tal elemento debe aparecer necesariamente proyectado en escena. De tal modo, Florestán canta en una suerte de gigantesco tubo de ensayo en donde ese sueño  se refleja de múltiples maneras. De este modo, desparece la sugerencia y la alusión en favor de una presencia de elementos tan abrumadora como la sensación de pesadez y agobio.
Todo efecto musical y lírico debe tener un correlato físico y visual: si hay felicidad y liberación debe aparecer un sol en el horizonte y caer una lluvia a la manera de las lluvias de papeles de los desfiles por la quinta avenida, y aparecer una estatua como el Apolo y Dafne de Bernini.
Puesta en movimiento y proyecciones la ópera se “aggiorna” (si ese concepto es posible)  y deja atrás la época de su gestación, así revelada y “redescubierta” por el reggiseur. Se trata de una concepción donde la puesta adquiere, llevada por la obra lírica, la significación de la que carece por sí misma.
No obstante, la obra sigue allí, capaz de soportar estos embates para darnos, sin necesidad de un despliegue que vaya más allá de lo musical y lo vocal, su eterno mensaje.