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sábado, 10 de septiembre de 2022

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en el CCK. Director: Luís Gorelik; Solista: Marcelo Balat; Coro Polifónico Nacional; Recitante: Ingrid Pellicori



Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, solista y el Coro Polifónico Nacional, en el CCK

 

.Orquesta Sinfónica Nacional de Argentina

.Director: Luis Gorelik

.Solista: Marcelo Balat, piano

.Coro Polifónico Nacional

.Antonio Domeneghini, preparador del coro

.Recitante: Ingrid Pellicori

.Sala Principal, Centro Cultural Kirchner, 7 de septiembre, hora 20.

 

             

La Orquesta Sinfónica Nacional abordó obras representativas de muy diferentes texturas y concepciones musicales en su concierto del 7 de septiembre.

Concierto para piano y orquesta nro. 2 en sol mayor, opus 95, de Bela Bartók (1881-1945)

Estrenado en 1931, es, por su virtuosismo, quizás una de las obras de mayor dificultad técnica del compositor. Construido a partir de un elemento recurrente con el cual el piano abre la obra, el primer movimiento –Allegro- alterna, en su esquema de: rápido-menos rápido, pasajes contrapuntísticos, transformaciones del motivo inicial y cambios rítmicos. Es de una complejidad extrema. No interviene la cuerda pero el diálogo que establece el instrumento solista con metales –trompetas, trombones, cornos: que trabajan ya por alternancias ya por construcción de acordes con aportes de los distintos timbres-, y maderas es muy nutrido y “cruzado”, por así decirlo, ya que no siempre responden al mismo motivo. Hay, en la concepción del compositor que asume un pianismo percusivo,  cierto sentido de marcha y avance indeclinable. La sensación es que el todo se mueve como una máquina extremadamente precisa, que acumula una tensión que si bien permuta con otros elementos no se disipa. 

El Adagio-presto-piu adagio del segundo movimiento cambia de la intensidad inicial a un diseño de la cuerda que recuerda al comienzo de la Música para Cuerdas, Percusión y Celesta. Se turnará con un motivo del piano que parece una transformación del que abre el primer movimiento, y el diálogo instrumento solista-orquesta se establece en una alternancia –entre el piano y la orquesta- más que en una imbricación cerrada como en el primer movimiento. Entre el glissando del timbal y el piano se establece un diálogo que recuerda al tercer movimiento de la Música para Cuerdas… , con una sensación de acechante misterio. Este paisaje sonoro cambia bruscamente en la sección central del movimiento –presto- con un diseño de gran complejidad rítmica, que se resuelve finalmente en el piu adagio.

Hacia el final, ahora con el aporte de la cuerda, la obra responde a una forma cíclica, ya que reaparece el motivo del comienzo, esta vez con diferentes aportes tímbricos en pasajes de motivos cambiantes y gran rapidez.

Se trata, como vemos, de un tour de force, al ser una obra de gran demanda en la precisión, la energía y los permanentes cambios que Marcelo Balat interpretó con el virtuosismo que lo caracteriza, sin vacilaciones, con precisión absoluta y la gradación de volúmenes que el opus requiere. Lo hizo sin evidenciar tensión, como si una interpretación semejante no le demandara un esfuerzo extra. Perfeccionado en la escuela Reina Sofía, de España, ha llevado a cabo numerosas presentaciones en ese país y ganado premios en certámenes como el “Ciutat de Manresa”, “Eugenia Verdet” y otros.

Se trata de uno de los pianistas más destacados de la Argentina.

La Suite nro. 2 del Ballet Dafnis y Cloé, de Maurice Ravel (1875-1937) fue la siguiente obra del programa.

El material temático corresponde a partes del ballet original, tales como Amanecer, Pantomima y Danza General.

Escrito para los Ballets Rusos, de Sergei Diaghilev, y estrenado en 1912, se basa en una obra griega de Longo, del siglo II.

El elemento que predomina es el del tratamiento tímbrico, el color orquestal y sus gradaciones, de gran sutileza, lo cual demanda un fraseo también muy sutil y un sentido de la frase instrumental como un discurso espontáneo que parece seguir las inflexiones del habla. En la versión completa el coro más que por la palabra se expresa por la sílaba, creando climas evanescentes.

La amalgama de timbres, al mismo tiempo diferenciados, que forman parte de un todo pero resultan en sí mismos reconocibles, es el equilibro por el que transita una obra sensorial, en aquello que transmite y el en modo en que lo transmite.

Hacia el final, un pasaje de la cuerda, seguido por intervenciones del oboe, el clarinete y las arpas conducen a un extenso solo de flauta –interpretado por Amalia Pérez- que resume en sí mismo el carácter sensual y  delicado de la obra: más que escucharlo, somos llevados por él a un espacio imposible de imaginar, ya que no parece encaminado a un cierre determinado sino a un permanente avance cuya resolución no podemos vislumbrar y que nos sorprende una vez que se produce. Valga para connotar el carácter de una obra que, de un modo diferente al concierto que la precedió, es también  virtuosística.

Sinfonía nro. 2, “Sinfonía Bíblica”, de Juan José Castro (1895-1968)

El maestro Luís Gorelik –como antes respecto de las obras previamente interpretadas- hizo una significativa referencia a este opus, a la figura de Juan José Castro y a la época y circunstancias de la gestación de lo que -clasificando a este trabajo con precisión formal- denominó un oratorio, que, a la manera de los de Haydn, se basa en el  fragmento de un texto religioso y de otro poético, de los cuales la música es un desarrollo, con lo cual no se trata, en sentido estricto, de una sinfonía.

Conforme lo refirió, tanto la amistad de Victoria Ocampo y Juan José Castro, como su colaboración en distintos proyectos y su estancia en París (donde Juan José Castro fue alumno nada menos que de Vincent D´indy) fueron elementos centrales en la elaboración de esta obra. Como director de la Orquesta de la Asociación del Profesorado Orquestal, Juan José Castro solía estrenar obras de compositores como Igor Stravinsky, poco después de que lo fueran en Europa, sirviendo Victoria Ocampo de vínculo con los compositores europeos.

La “Sinfonía” consta de tres partes: Announciation, Entrée a Jerusalem y Golghota, y los breves textos se encuentran escritos en francés. Hacia principios de la década de 1980 el programa Qué significa lo argentino musical, de Napoleón Cabrera, bien hubiera podido detenerse en esta cuestión: las razones por las cuales una obra argentina se encuentra estructurada a partir de fragmentos escritos en francés, así como su textura musical se basa en antiguas formas, preguntándose qué hay de argentino en ella y cómo se expresa, ya que el canto gregoriano, contrapunto, fuga constituyen la base de su lenguaje. Quizás la respuesta esté en la concepción de la revista Sur -1931- (dirigida por Victoria Ocampo): establecer una posición cultural argentina como parte de Latinoamérica, en un nivel comparable al europeo. Se trata, como señala Beatriz Sarlo (Escritos sobre Literatura Argentina,  “Borges en Sur…) “de pensar las ´esencias americanas´ y al mismo tiempo, incorporar un conjunto de textos europeos”. Es en un marco así que quizás debamos pensar a esta sinfonía: un texto al nivel de los europeos concebido desde el Sur ; no parece comprensible una obra así fuera de ese marco.

De gran extensión y dificultad, tanto en el coro como en la orquesta, comienza con un ostinato y un motivo que le confieren una sensación de movimiento. Conocedores de la restante obra de Juan José Castro afirman que se trata de un lenguaje más avanzado respecto de otras obras. La textura musical responde a una suerte de paradoja: su lenguaje se basa en la claridad y el despojamiento, pero utiliza fortes y amplios volúmenes sonoros en todo el dispositivo orquestal durante la mayor parte de su desarrollo.

Asimismo, tratándose de una obra de inspiración religiosa, suscita no la sensación de placidez, calma y claridad sino la angustia connotada por timbres netos, volúmenes fuertes y dureza melódica. Son muy pocos los remansos de una frase cálida y abierta en un paisaje de aspereza sonora, sin una continuidad de líneas; por el contario, se explaya en la alternancia de diferentes recursos formales.

Estrenada en 1932, fue interpretada en Estados Unidos en 1939 y jamás vuelta a ejecutar. Ello da al concierto del 7 de septiembre un valor único: el del rescate de una obra que pertenece a un acervo a descubrir, puesta en el marco necesario para su escucha.

Ingrid Pellicori le dio presencia y expresión a los textos en francés, con el timbre de voz que tanto la singulariza, con una dicción en francés que era en sí misma una música.

En el Coro Polifónico Nacional hubo presencias como la de Mónica Ferracani, Soledad de la Rosa y Carla Filipcic Holm, lo que es indicativo de su nivel. La orquesta, por su parte, tuvo un amplio lucimiento en obras –cada una a su propio modo- de gran complejidad.

En suma, se trató de un concierto relevante por este motivo, por presentar tres obras muy diferentes y brindar referencias acerca de ellas que parecen potenciarlas mutuamente.

El maestro Lui Gorelik es, además de un director de orquesta internacionalmente reconocido, un formador y un estudioso, tanto del aspecto formal como cultural y estético de las obras.

Es de valorar la posibilidad de una experiencia así en tiempos de crisis, de falta de esencia, donde todo fluye y sigue. Es una muestra de lo que la música nos puede dar y que, como ella, es indefinible.

Una vez más, corresponde agradecer al personal de la Dirección Nacional de Organismos Artísticos por su cordialidad y atención. 

 

 

 

 

 

 

 

 

      

 

 

 

 

Eduardo Balestena

  

 

 

viernes, 12 de agosto de 2022

Sinfonía nro.2, "Resurrección", de Gustav Mahler por la Orquesta Sinfónica Nacional, solistas y Coro Polifónico Nacional, en el CCK





                                             Fotos: Georgina García 


.Orquesta Sinfónica Nacional de Argentina

.Director: Carlos Vieu

.Solistas: Jaquelina Livieri soprano); María Luisa Merino Ronda (mezzosoprano);

.Coro Polifónico Nacional

.Ariel Alonso, director del coro

.Orquesta fuera del escenario: Pablo Bochimuzzi,  director

.Organista: Sebastián Achenbach.

.Sala Principal, Centro Cultural Kirchner, 10 de agosto, hora 20.

 

             

En el anuncio de los días previos al concierto el maestro Carlos Vieu señaló que la segunda sinfonía –en do menor- de Gustav Mahler constituye un pináculo en la carrera de cada director y de cada instrumentista.

Agregaba, luego de puntualizar sobre el hecho de la colaboración entre La Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Polifónico Nacional, que es una sinfonía de las más importantes del repertorio, de gran porte, de gran dificultad, y de masas sonoras impresionantes.

Ello constituye un buen resumen de una obra cuyo grado de exigencia y dificultad es muy grande, en gran medida por el requerimiento técnico, la duración y la falta de tregua en un horizonte sonoro casi siempre en tensión y que, cuando ello no es así, demanda un color orquestal muy exacto y fluido así como pureza tímbrica en sonidos siempre puntuales y destacados.

Todos los elementos del sinfonismo de Mahler -la marcha fúnebre, el ländler, la música de resonancias lejanas, los amplios glissandos , los acordes de las maderas, los tutti con abundantes elementos de percusión, los solos del concertino, los pizzicatos en la cuerda y mordentes y trinos en maderas- pero en una escala y con una intensidad desconocida hasta entonces.

Muestra muy representativa de la era del “Esplendor Sinfónico”, la posibilidad de acceder en vivo a esta manifestación de la textura del contrapunto disonante (como la llama Pola Suárez Urtubey) es de por sí un acontecimiento muy importante, máxime con el resultado que fue posible apreciar en esta interpretación, a la altura de los registros referenciales de la obra.

La sinfonía requiere un gran orgánico orquestal que incluye –además de la formación habitual- numerosos elementos percusivos, clarinete bajo, clarinetes en si bemol, la y do, contrafagot, una vigorosa sección de metales, dos arpas y una nutrida masa de cuerdas.

 

Una escritura compleja

Gustav Mahler (1860-1911) concibió esta obra inicialmente como un poema sinfónico, cuyo material conforma el primer movimiento; ante la opinión desfavorable del director Hans von Bülow lo reformuló como parte de una totalidad mayor y escribió los movimientos restantes. Irónicamente, la lectura del poema “Resurrección”, de Friedrich Gottlieb Klopstock en la ceremonia fúnebre en honor a von Bülow terminó de dar forma a la obra.

Uno de los rasgos de Mahler es la reelaboración de materiales a lo largo de su obra y la transformación que hace de ellos. De este modo, dos números del “Cuerno mágico de la Juventud” (Das knaben wunderhorn) están presentes aquí en el tercer y cuarto movimiento, pero todo parece sometido a una especie de torsión y no presentarse en estado puro: un ejemplo es la marcha inicial que surge en las maderas luego de los intensos acordes de la cuerda: es una marcha fúnebre pero acentuada y, por decirlo así, “crispada”.

Excepto en algunos lugares puntuales: el ländler del segundo movimiento Andante moderato , así como el cuarto (Urlicht), a partir de la intervención de la mezzosoprano la escritura no se desarrolla en un diseño melódico amplio sino en una diversidad de motivos que, en su desarrollo ulterior, generan otros. Se trata de una textura de relieves, sumamente  intrincada. Un motivos se expande de un instrumento a otro y en ello encuentra su continuidad: va de suyo que la afinación debe ser perfecta, así como el sentido de la frase.

Movimientos como el tercero (Urlich, Sehr feierlich, aber schlich), una extensa reelaboración de uno de los lied San Antonio de Padua predicando a los peces,  del “Cuerno mágico de la juventud” es un ejemplo de la demanda interpretativa: un movimiento extenso, de sonidos cortantes que comienza en la percusión y se desarrolla a partir de un motivo introducido por las maderas.

Cada parte parece tener una complejidad propia.

 

La interpretación

Exigencias específicas en cada sección y sentido de la totalidad, el mantenimiento de un tempo adecuado y expresivo en el conjunto, precisión en cada detalle y timbres destacados son parte del desafío de la obra que transita una gran gama de sentimientos: la angustia, la introspección y la afirmación: es decir que demanda delicadeza tanto como fuerza y proyección.

Es en el cuarto movimiento (Urlich) que se introduce la voz de la mezzosoprano (“Oh pequeña rosa roja”). María Luisa Merino Ronda mostró su timbre profundo, de solemne musicalidad, elegante en un pasaje majestuoso y desgarrado al mismo tiempo.   

Una muestra del tejido complejo de la obra es el extenso diálogo entre la banda externa y la orquesta previa a la entrada en piano de coro “Resucitará, sí, resucitarás”, con una sutileza y al mismo tiempo densidad en las voces. El pasaje marca, poco después, la entrada de la soprano “Vida eterna te dará quien te llamó”. La voz de Jaquelina Livieri es de grandes y sutiles matices tanto como de proyección y potencia en todo su rango, uno que se extiende en el curso de una simple frase. Voces introspectivas, sutiles, delicadas que van creciendo progresivamente hasta ser intensas y expansivas, audibles claramente ante un aparato orquestal de la magnitud que demanda la obra. Los bajos de la orquesta brindan un soporte armónico al coro, realzan la cuerda de bajos y le dan densidad mientras crecen las voces solistas. La performance del coro habla a las claras de su calidad y su preparación.

En el documental “A mi manera”, sobre Bernard Haitink, de John Bridcut el maestro afirma que llevar a cabo un ciclo de las sinfonías completas de Gustav Mahler demanda diez años. Tal afirmación es una muestra de la dificultad de tales obras, del grado de comprensión y trabajo que requieren y a la vez nos da una pauta de lo que logró la Orquesta Sinfónica Nacional, las solistas y el Coro Polifónico Nacional a unos tres meses de adquirida la actual conformación de la orquesta.

El maestro Carlos Vieu es tan versátil como profundo y detallista en el estudio, enfoque  y la realización de una obra de la magnitud de la sinfonía que nos ocupa. Es además un formador reconocido, con alumnos como Lorenzo Guggenheim, en su juventud, maestro ya reconocido que se formó con él.

Eran certeras las palabras del maestro al caracterizar esta obra como un pináculo para un director y para los músicos que intervienen en ella.

Una vez más, cabe agradecer la gentileza del personal de Organismos Estables Nacionales y en especial de Gonzalo Quintas.  

 

     

    

 

 

 

 

 

Eduardo Balestena