sábado, 22 de octubre de 2022

Pau Casals: el eterno círculo (a 49 años del fallecimiento del maestro)


 


Pau Casals: el eterno círculo (a 49 años del fallecimiento del maestro).

 

El 22 de octubre de 1973 fallece en Puerto Rico el maestro Pau Casals (nacido en Vedrell, Tarragona, el 29 de diciembre de 1976).

En el artículo Pau Casals: el poder de un silencio (Revista Élite)he intentado dar cuenta de las profundas convicciones del músico, de su compromiso y de las consecuencias que debió sufrir en la defensa de sus acciones e ideas, así como del exilio que hubo de padecer debido a las amenazas que recibió ante el advenimiento del franquismo. También es abordada en el texto su negativa (desde 1945) a tocar el violoncello en público (renunciando a una descollante carrera artística) como protesta ante la falta de condena de la dictadura franquista por parte de las democracias de occidente.

A la etapa en cuestión (1939-1950) se refiere el filme Pau Casals, el poder de un silencio, (de Manuel Huerga, 2017) que adquiere centralidad en dicho artículo.

 

Ideales y acciones: dos términos inseparables

“Debemos seguir nuestros ideales y si nos llevan a un callejón sin salida entonces debemos pensar que están equivocados y adoptar otros que sean mejores” dice el personaje de Thomas Paine, (interpretado por Harvey Keitel) hacia el final de la película La noche de Varennes  (Ettore Scola, 1981). El filósofo de la revolución norteamericana se refiere además a la “búsqueda de la felicidad” que la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica establece como principio.

Convicción y acción no podían –para Casals- encontrarse separadas; constituyen dos caras de una misma pieza: se actúa a partir de las certezas que son  inspiradoras de algo siempre mejor. Si dichas certezas oscurecen la vida, si no tienen por norte la justicia, la libertad y la búsqueda de la felicidad (una de cuyas formas más absolutas es la música, en sí misma y en lo que implica) debemos cuestionarlas. La figura de Casals importa controvertir a quienes no defendieron los valores humanos que él defendió y por los cuales luchó; aquellos quienes, tácita o deliberadamente, sostuvieron “ideales” sin salida  y no  la búsqueda de la felicidad sino la injusticia, la violencia y el dolor.

La música es una necesidad de expandir el horizonte humano, enriquecerlo, cultivarlo, compartirlo y el don de un gran músico significa un compromiso hacia los demás.

Pau Casals no sólo fue un gran virtuoso sino un filántropo, un hombre de acción y de ideas: ya en 1920 fundó la Orquesta Casals y más tarde la Asociación Obrera de Conciertos (1926), cuyos miembros podrían acceder, mediante el pago de una exigua cuota, a todos los conciertos.

Hasta 1936 –fecha de la sublevación fascista que dio comienzo a la Guerra Civil Española- grandes intérpretes y directores, como Hermann Scherchen, Ernest Ansermet y Richard Strauss, fueron invitados para actuar con la Orquesta Casals, con la cual, a modo de ejemplo del nivel y trascendencia de su actuación, fue estrenado el Concierto de violín de Alban Berg.

El maestro consideraba a la música un vehículo espiritual y una herramienta de liberación. Durante toda su vida emprendió proyectos similares (que sostuvo paralelamente a la ayuda a los refugiados), en Francia y en Puerto Rico.

 

La interpretación musical

Debo al maestro Jordi Mora varias reflexiones acerca de Pau Casals y sus ideas sobre la interpretación musical. La más extensa surge de un texto que registra las conversaciones de dos monjes músicos que llegan a visitar al virtuoso catalán en su exilio de Prada de Conflent en 1952; hemos de detenernos someramente en algunas de dichas ideas.

Lo primero que refieren es la vitalidad y el rigor de aquel hombre de setenta y cinco años que llevaba a cabo su actividad diaria con gran orden y disciplina. Diariamente tocaba al piano una pieza de Bach y emprendía largas caminatas acompañado por su perro Follet.

El primer tema, luego de la cordial bienvenida, es Bach. A los catorce años descubrió en una tienda de Barcelona un viejo ejemplar de las suites para cello que le significaron no sólo interpretarlas y darles un lugar prominente en el campo musical como una obra de repertorio –en lugar de la obra de estudio por la que se la tenía- sino, más que nada, la revelación de la obra de Bach, a quien –tal como Andras Shiff- considera el genio más grande de la música. De allí en adelante tocaría una de las suites cada día de su vida.

La música es una experiencia común entre quien la interpreta y quien  la escucha. La primera condición es la existencia de un ambiente y atmósfera adecuados, sin los cuales es difícil llegar a una buena interpretación. El de la música es un momento privilegiado, uno en el que un mensaje cobra vida, llega a nosotros y nos une con algo trascendente.

Aquello a buscar en la interpretación musical son las cosas más sencillas y olvidadas, señala, las más naturales: lo primero es que la ejecución sea vívida por medio del acento. El acento de la música debe ser como el de la palabra: ha de decir alguna cosa. Cada nota tiene su valor y su posición dentro de la frase musical. Las notas repetidas no han de ser nunca iguales, han de crecer y disminuir según el lugar en que se encuentren. El valor no siempre ha de ser ejecutado rigurosamente en la medida en que está escrito, ya que la escritura es un medio incompleto de expresión que sólo indica algunos aspectos de la ejecución, allí radica entonces el criterio interpretativo: involucra a lo formal (la obra) y a lo estético, que se manifiesta con su brillo en el momento de abordar la creación musical.

El maestro ejemplificaba su postura escuchando grabaciones de los registros del festival de 1951: el contraste entre el forte y el piano en la Pastoral para órgano en fa y los acentos del Concierto para violín en  la menor (de Bach), señalando el vigor de dichos acentos, ni duros ni secos, buscando la resonancia viva que sostiene la duración de la nota, para evitar rigideces. Todo ha de fluir, las notas han de unirse unas a otras, sobre todo las notas largas, en crescendos y decrescendos según los acentos de la melodía.

Insiste en el vigor de la ejecución y que en música no existen las repeticiones (en efecto, ante obras como las de Schubert se siente que en el elemento sucesivo se encuentra presente el efecto de lo que acaba de sonar y, aunque lo parezca, nada es lo mismo); cada elemento tiene una dicción diferente. El compás no es una indicación exacta y lo más importante es dar vida a la partitura: Mozart –refiere el maestro- abunda en repeticiones de pequeños elementos temáticos y es necesario que el director les dé variedad y gracia.

Uno de los  padres le pregunta cómo traspasar la expresividad de los instrumentos de cuerda a la orquesta. El maestro responde que ello se logra a través del fraseo: por el retardo o la acentuación de las notas, por las pausas y la duración de los sonidos. Una orquesta es un instrumento de por sí muy mecánico e impresiona en la intensidad pero en los pasajes lentos la sonoridad descansa en el pulso del instrumentista. A poco que lo pensemos, muchas obras sinfónicas constituyen un ejemplo de eso: el todo, repentinamente, descansa en un elemento determinado –un solista, un diálogo, una sección de pregunta y respuesta- y  adquiere sentido según la expresión que este elemento tenga y la aptitud para la continuidad  con otros timbres, así como el sentido global.

Ha de buscarse la expresividad natural de la música, señala en momentos en que las corrientes de vanguardia renunciaban al principio expresivo y ejemplifica con los criterios compositivos presentes en obras de su autoría, como su oratorio El pesebre. De una manera parecida a las vanguardias imperantes, la escuela alemana había establecido una interpretación muy mecánica de las obras de Bach.

El maestro Jordi Mora señala que Casals hablaba mucho de fraseo pero poniéndole otro nombre distinto a que le daba Celibidache; tal como pudimos advertirlo en el diálogo con los monjes, el maestro catalán decía “poner el acento”: toda frase nace culmina y vuelve donde culmina. La frase, entonces, es algo con sentido en sí mismo pero que se proyecta en la continuidad: probablemente el equilibrio expresivo signifique eso: aquello que es pleno en su unidad y a la vez parte de un todo que no sería lo mismo sin ese “comienzo y vuelta a donde una frase culmina.”

 

         Un círculo

Así como la música es un círculo que enhebra a quienes la hacen y la escuchan, así como la interpretación y la recepción son parte de él, hay otro que une el rigor, la estética y la misión del músico en el mundo: el legado de Pau Casals es ese círculo: el del virtuoso y el luchador, el esteta y el humanista, el que ha recibido un don y lo ofrece como una manera de que el mundo pueda elevarse por medio de la belleza, del ejemplo y de la acción.

         La ayuda a los exiliados, la causa de la paz y la formación musical son parte de ese círculo donde la belleza se une al anhelo por un mundo justo donde imperen aquellos ideales capaces de elevarnos, y el enorme mensaje de la música como una forma de la eterna búsqueda de la felicidad.

        

Eduardo Balestena


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