lunes, 10 de agosto de 2026

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional con la maestra Ligia Amadio


 

 

.Orquesta Sinfónica Nacional

.Directora: maestra Ligia Amadio

.Solista: Lucrecia Jancsa, arpa

.Auditorio Nacional, Palacio Libertad,  7 de agosto, hora 19.

 

            Bajo la dirección de la maestra Ligia Amadio, la Orquesta Sinfónica Nacional se presentó en el Auditorio Nacional.

 

            Como introducción, la conductora (breve y claramente) estableció una línea de tiempo para poner en contexto a obras y autores, que, en distintos tramos de sus vidas, coexistieron en la segunda parte del siglo XIX. Ello guió la escucha de obras de diferentes lenguajes.

 

            El Preludio a la Siesta de un Fauno, de Claude Debussy (1862-1918) abrió el programa. Obra revolucionaria en aspectos tímbricos, armónicos y de encadenamiento y funcionalidad de acordes, podemos filiarla en la influencia del preludio de Tristán e Isolda; la impronta wagneriana es un rasgo que comparte con Cesar Franck.

            En efecto, el “acorde del fauno”, como el de Tristán e Isolda, es un acorde semidisminuído que resuelve en un acorde de séptima de dominante, en el acorde del fauno es al unísono y en el del Tristán por descenso por semitonos. Igual que el Tristán, la obra de Debussy comienza y termina en rubato. Tal imprecisión contrasta con los timbres puros que discurren con frases de color orquestal, es decir, frases de un instrumento que prosiguen en otro.

            Podemos distinguir, cuatro grandes momentos en A, B1, B2, A´ que, siguiendo al poema de Mallarmé, corresponden al motivo del fauno, repetido tres veces de forma igual pero en diferentes contextos tonales; los juegos amorosos del fauno; el propósito frustrado y finalmente la siesta.

            El esquema tonal, con los distintos enlaces de acordes, que presenta al poema como programa, es sutil y complejo.

            Va de suyo que las exigencias que conlleva la obra son numerosas, pasan por el fraseo, la vinculación entre las familias instrumentales y el ensamblaje de elementos sutiles.

 

            La “Morceau du concert” para arpa y orquesta en sol mayor, opus 154 (1918) de Camille Saint Säens (1835-1921) siguió en el orden del programa. Obra de gran encanto melódico, el primer motivo presentado por el arpa al comienzo es una cita de un motivo de la segunda parte del segundo movimiento de la Sinfonía con Órgano (1886),nque será presentado nuevamente, con cambios, hacia el final. El arpa, habitualmente conocida en la música orquestal por su delicadeza y sugestión en atmósferas dulces y encantadas, que anuncia además el pasaje de la orquesta a otros elementos o regiones tonales (como en la octava sinfonía de Bruckner, por ejemplo) es explotada en su posibilidad de abordar motivos con sonidos netos y destacados. De este modo discurre su diálogo con la orquesta en un escenario de permanente cambio de motivos de gran encanto sonoro.

            El tejido es muy cerrado entre el instrumento solista y la orquesta en pasajes la mayor parte de las veces muy rápidos.

            Como bis, la maestra Lucrecia Jancsa interpretó con la flautista Patricia Da Dalt un arreglo de Burdel 1900 de Astor Piazzolla, que comienza con una frase muy acentuada de la flauta y un toque percusivo en el arpa.

 

            La primera parte del concierto finalizó con La Valse, de Maurice Ravel (1875-1937). La maestra Amadio señaló que la idea de componer una suerte de evocación del vals  fue interrumpida por la guerra, en la cual Ravel participó como conductor motorista, luego de lo cual lo que refleja La Valse es la disolución y la pérdida de un mundo.

            Toda la obra en sí –que parece concebida en el modo menor como centro tonal- se encuentra dada en una gran torsión, por empezar, la introducción al tema inicial está dada en oscuros pasajes del registro más grave de la cuerda y el clarinete bajo. El tema surge como velado y va tomando forma a través de esta introducción, en registros no vinculados al vals al que la obra evoca. Hay lo que parece un desplazamiento en el acento al segundo tiempo del compás de pie ternario (primera torsión). Sobre este tema y su respuesta se generan motivos que, en el desarrollo ulterior y con un accelerando, se superpondrán también con timbres graves. El tema inicial pugna por volver (segunda torsión), sin conseguirlo y se desdibuja una trama sonora donde los motivos se fragmentan (tercera torsión).

            Se alternan el lirismo velado del vals (o mejor dicho, los restos del vals) y la precisión de intervenciones siempre acentuadas que van transformando el material de una obra tan original como virtuosa.

            Ya no es la evocación del vals y su nostalgia sino el fin de un mundo y el advenimiento de algo muy diferente.

 

            En la segunda parte fue interpretada la Sinfonía en re menor de César Franck (1822-1890) Una de las cumbres del sinfonismo de la segunda parte del siglo XIX, la sinfonía fue escrita entre 1886 y 1888. Franck pensó su obra como una variante del poema sinfónico, en una forma cíclica, de allí que, concebida entres movimientos, resulta muy diferente a otras obras del género.

            Uno de los aspectos quizás más interesantes es que el eje central esté dado por un motivo cuya célula temática es un intervalo de segunda menor descendente (repetido tres veces), seguido por otro de cuarta disminuida ascendente.  Lo que esto genera es una sensación de pregunta respondida a medias. Digamos entonces que la sinfonía es el desarrollo de esta pregunta, trabajado de muy distintas maneras; la primera de ellas es la aparición de un bellísimo segundo tema cantábile también vinculado a la célula inicial. Se unen así libertad y rigor constructivo.

            El segundo movimiento, luego del Lento y Allegro es un Allegretto es un bellísimo Andante y Scherzo que sobre la base de un motivo del arpa y de las cuerdas en pizzicato conduce a un hermoso solo del corno inglés, material que se expande a la orquesta en un breve contrapunto de motivos que se superponen. La genialidad abarca el lirismo y la forma.

            En el extenso Allegro non troppo final el material anterior, tanto del primero como del segundo movimiento se superpone en una construcción tan compleja como coherente, en la cual dichos materiales forman una síntesis, avanzan y al mismo tiempo dialogan entre sí en un movimiento construido como una forma rondó sonata (como el final del Concierto en fa de Gershwin).

            Luego del concierto, en un breve dialogo con la maestra Ligia Amadio, una persona tan talentosa como accesible, la conductora señaló que el resultado se había logrado luego de cinco ensayos. Dada la complejidad y hondura de las obras, ello es indicativo del nivel y las capacidades tanto de la orquesta como de la maestra invitada.

            No es solo el tejido, es el sentido de las frases, el armado, la pureza de los timbres en obras, como se mencionó al principio del concierto, muy diferentes en sus lenguajes y cada una con requerimientos diversos.

            Lucrecia Jancsa –gran intérprete y una persona de gran calidez- abordó una obra virtuosa para su instrumento, lo hizo con un absoluto dominio técnico y del estilo de la obra que interpretó, que demanda una precisión absoluta en la rapidez de la mayor parte de los pasajes como en el diálogo con la orquesta.

            En suma, un concierto de gran significación musical por las obras y sus intérpretes.

           

           

             

            Eduardo Balestena

 

 

 

jueves, 2 de abril de 2026

El Requiem de Mozart en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima


 


.Coral Carmina, directora: maestra Georgina Espósito

.Solistas: María José Dulín, soprano; Fernanda Pérez, contralto; Hugo Ponce, tenor; Fernando Santiago, barítono.

.Ensamble instrumental: Horacio Soria, órgano; Aron Kemelmajer; violín segundo, Florencia Ordoñez; viola, Dana Maldonado; violoncello, Priscila González; contrabajo, Jorge Vajsetl; clarinetes, Luciana Savoy y Sebastián Flores; trompeta, Ibrahim López; trombones, Emilio Bazán y Manuel Vicente; timbales, Juan Pablo Santiago. 

.Parroquia Nuestra Señora de Fátima, Mar del Plata, 1ro. de abril,  hora 20,30.

 

            El Coral Carmina y un ensamble musical ad hoc abordaron el Requiem K.626, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) obra que iba a ser interpretada en la misma sede el 6 de septiembre de 2025 con la Orquesta Sinfónica Municipal, concierto cancelado luego del ensayo general y posteriormente no reprogramado por la dirección del organismo sinfónico, lo cual es de lamentar dado el grado de preparación al que se había llegado en el trabajo sobre dicho opus por parte tanto del coro como de los solistas y la orquesta.

            No sin un gran esfuerzo de los coreutas y la Asociación Amigos del Coral Carmina fue interpretado en esta oportunidad, con veinte voces de refuerzo sobre la formación habitual.

 

            La obra

            El Requiem comenzó a ser compuesto por Mozart por un encargo del conde Walsegg en julio de 1791; a la muerte del compositor, a los fines de cobrar el saldo restante del precio del encargo su viuda Kontanze Weber, encomendó la tarea de completar la obra a Josef Leopold Eybler, quien había asistido a Mozart hasta su muerte, discípulo que al no sentirse capaz de estar a la altura de su maestro declinó el pedido y fue Franz Xaver Süssmayer, quien completaría el Requiem para reclamar luego para sí la autoría completa.

            El opus consta de seis partes: Introitus; Kyrie; Sequentia, que tiene como episodios Dies Irae, Tuba Mirum, Rex Tremendae, Recordare, Confutatis y Lacrimosa;  Offertorium, cuyos episodios son Domine Jesu y Hostias; Sanctus, Benedictus y Agnus Dei.   

            El autógrafo de Mozart termina en el episodio Hostias. En algunas de las partes hay un desarrollo completo de las intervenciones vocales y esquemas instrumentales, en otros, simples esbozos. De allí lo irregular de una creación que –no obstante haber seguido Sussmayer los lineamientos del compositor- de haber sido escrita íntegramente por Mozart hubiera sido más flexible, menos repetitiva, así como tenido desarrollos y un final diferentes.

 

Dramatis personae 

            El Requiem es de gran dificultad para las voces por las inflexiones y variaciones dinámicas: el Introitus (Requiem aeternam dona eis Domine) da una sensación de marcha indeclinable, con esos pasajes descendentes de la cuerda (motivo del pianto en la semiótica musical) donde los tres trombones del orgánico original duplican las partes corales de contralto, tenor y bajo). Sin embargo, muy poco después, en el Kyrie eleison el coro enfrenta un complejo pasaje en fugato, muy intenso en el volumen y marcado por la masa de cuerda y los timbales. El episodio termina con un intenso acorde donde es posible distinguir los registros de las distintas voces y a la vez la totalidad. Le sigue el Dies Irae casi inmediatamente, cuya composición para las voces es íntegramente la de Mozart, Sussmayer completó la instrumentación, que plantea idéntico desafío en la rapidez de los pasajes –las inflexiones son breves, intensas y delimitadas claramente unas de otras- .

            En el Rex tremendae fue posible apreciar el problema de la intensidad e individualidad del sonido de la cuerda después de las intervenciones del ensamble en su conjunto; luego de pasajes rápidos y descendentes hay un apreciable cambio rítmico en lo que puede ser además una modulación: la cuerda se hace suave es, por así decirlo, un delicado sostén de las voces. En este lugar, la cuerda del ensamble sonó tensa y cortante, lo que contrasta con la delicadeza de las voces (sálvame fond pietatis) y se superpuso con su filo, a la línea vocal. Un par de micrófonos situados sobre la cuerda hizo pensar que ésta estaba siendo amplificada; de haber sido así surge claramente que el recurso no es idóneo para suplir la necesaria mayor densidad sonora de la cuerda ni la función en el todo del material proveniente de dichos instrumentos; también podría explicar la falta de homogeneidad con el resto del ensamble.

            El nivel musical de los intérpretes no es suficiente para suplir carencias estructurales.

            En efecto, el orgánico del Requiem demanda dos cornos de bassetto (rol que hoy cumplen los clarinetes), dos fagotes, trombón alto, tenor y bajo, quinteto de arcos y voces y órgano. En esta textura, los trombones doblan a las voces de contralto, tenor y bajo (trombone colla parte es la expresa indicación de Mozart).

La línea instrumental acompaña, provee un sostén armónico a las voces y alterna con ellas, con lo cual el desbalance puede ser significativo incluso considerando  la  poco numerosa plantilla de la orquesta de entonces.

Las voces solistas cumplieron acabadamente las exigencias de la línea de canto mozartiana, que demanda delicadeza, musicalidad y ductilidad. Un ejemplo es el cuarteto solista en la parte del Benedictus. Cada una aportó una cualidad diferente en su cuerda.

El coro fue absolutamente homogéneo en todo momento, ya sea en la intensidad de intervenciones de mucho volumen, como el extenso comienzo con las primeras partes y los primeros episodios de la Sequentia como en los continuos cambios dinámicos, todos parejos y de una superficie sonora brillante, sin fisuras ni altibajos. Ello habla a las claras de un continuo trabajo preparatorio del cual cada concierto es  una culminación.

 

Coda

Asistimos a una versión del Requiem de gran calidad vocal, sometida a insalvables limitaciones sin las cuales no hubiéramos podido acceder a ella, por parte de un ensamble de excelentes y experimentados músicos.

En un punto de vista enteramente personal, considero que el agradecimiento al secretario de cultura (y turismo) en la extensa presentación previa al concierto, no se ajusta a la realidad que se vive en el ámbito musical ni educativo (la prueba es la situación de los organismos artísticos y de las bibliotecas, por ejemplo).

Si la autoridad a la que se dirigió el agradecimiento estuviera al nivel de la función que debería cumplir viviríamos una realidad muy diferente en la cual cada artista sería valorado y respetado por su persona y por todo aquello que es capaz de hacer y a lo cual ha dedicado su vida.

           

 

 

Eduardo Balestena